Salmón

Salmón

Escrito por Ucorno el 16 mayo, 2014

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La primera frase que emitió fue que por qué apagaba el televisor. Le dirigí una de esas miradas donde todos los rasgos faciales se ladean, la parte izquierda asciende y la parte derecha desciende de una manera peyorativa, pero con el simple propósito de intentar trasmitirle la estupidez de su comentario. Volvió a cerrar los ojos y se recostó sobre el cojín otros diez minutos, tiempo en el que yo continué bebiéndome ese litro de agua. Pasado ese tiempo se levantó sin dirigirme una palabra y se fue deprisa al cuarto de baño. En el momento que apuré el último trago de la botella, la ducha comenzó a sonar con un ingrávido sonido al fondo del pasillo.
 
De regreso a mi habitación, las imágenes de la noche anterior comenzaron a aparecer en el carrete de mi memoria a corto plazo. Recuerdos que parecían realmente lejanos de no ser por el lacerante dolor de cabeza. Dolor que me los acercaba al presente y no al pasado. La cena la recordaba, y la entrada en aquel local. Me acuerdo perfectamente de hablar con mis dos compañeros de piso. Uno de ellos se disipó de forma prematura y somera, y de alguna otra manera perdí también al otro. Ése fue el nudo de inflexión donde comencé a diluirme entre la noche, mi conciencia del tiempo y del espacio se volatilizó. Me fundí con la masa de la noche, aquélla que con fruición desmiembra la carne y la entrega a los vicios, lugar en el que el fuelle es apartado de la templanza.
 
A partir del nudo, la película fotográfica del carrete se encuentra borrosa, de igual manera que un canal codificado. Se mezclan imágenes de diferentes horas y días, e incluso se añaden trazas de algunos sueños. De alguna forma anoche acabé en lugares diferentes de aquél en el que comencé. Aparecen rostros, no me hablan, me miran despectivamente. No conozco nada de ese lugar y, por más que trato de mirar a las paredes buscando alguna señal de ubicación, éstas se rompen limitándome la capacidad de ver algo familiar.
 
Pensar en ese estado me duele demasiado, por lo que recuesto mi cansado cuerpo sobre la cama. Aunque pretendo descansar no puedo, me siento incapaz, me veo obligado a moverme constantemente sobre la cama. Estalla una imagen sobre el carrete. Un rostro viene a mi cabeza, uno que si me habló anoche. Con unos labios finos y encarnados de color carmesí, pero que si recapacito profundamente los veo al natural, lívidos y exangües, con el carmín corrido sobre su piel. Me vuelvo a ubicar en aquella situación y trato de girar la cabeza, pero no hay duda: esos labios me hablan a mí. Estaba solo y su voz se dirigía a mí.
 
Dos pequeños abismos, de apenas unos milímetros, me tenían atrapado. A mí, dos reflejos míos, escisiones mías. Esos oblongos abismos estaban cercados por unos fotones de luz cetrinos que se derramaban sobre la concavidad de sus desfiladeros. E intermitentemente estos fotones estaban atravesados por fragmentos de ámbar. El resto era de un blanco nevado y perpetuo, mientras que la base de estas concavidades se hundía bajo unos mares salados que no se veían pero se intuían. Ambos abismos formaban dos elipses, colocadas de manera equidistante la una de la otra. Estas figuras geométricas obviamente eran sus ojos, algo que antes de reflexionarlo no lo era para mí. Esas elipses fueron las verjas de mis reflejos, los despóticos oligarcas que marcaron el recorrido de mis miradas esa noche. 
 
Entre estas cavilaciones, mi cuerpo volvió a caer rendido. Necesitaba descansar. Repentinamente me encontré tendido sobre una superficie confortable y placentera. Desnudo, no llevaba ninguna prenda encima salvo un calcetín negro en el pie izquierdo. Por más que buscara señales de mi ropa no encontraba nada, sólo una oscura pared cilíndrica que me rodeaba. Diversas nubes grisáceas danzaban sobre mi cabeza generando un circuito circular, además, una tenue luz me enfocaba esporádicamente según las nubes pasaban delante de ésta. Mi percepción no me transmitía frío, pero una afección dentro de mí me decía que así era. Veía sin verlo un aire gélido que giraba, causante del movimiento de las nubes. Intenté extender mis manos para notar algo o alcanzar una de las nubes pero era incapaz de moverme, únicamente mis ojos albergaban libertad sobre sus cuencas. Por más que tratara de generar algún movimiento no conseguía nada, esta parálisis me infundía no solamente agobio sino también terror.
 
Sin previo aviso unos jóvenes salmones, pero físicamente maduros, comenzaron a salir por la suave superficie que estaba recostado; aunque no podía ver su punto de salida, sabía que venían de allí. A medida que aparecían se ponían a nadar sobre mí, durante cuatro minutos no dejaron de aparecer. En un instante, esa danza acuática sufrió una interrupción, los salmones comenzaron a perder sus escamas y aletas, así como sus órganos tanto externos como internos, todo aquello que no era su anaranjada piel se perdía en el entorno. Durante unos dos minutos los salmones se fueron desprendiendo de todo aquello que no era su proteica y salmonada estructura. Hecho esto, se abalanzaron y fundieron sobre mí, pero en lugar de experimentar miedo sentía tranquilidad, el tacto de esa carne sobre mi piel provocaba en mí una multitud de sensaciones. Emociones que conseguían serenarme y excitarme de una forma indiscriminada. Comenzaba a notar como toda la sangre de mi cuerpo se dirigía hacia la zona de mi perineo y sus alrededores, reacción directa a esa excitación. Ahora no deseaba moverme, el estado de anquilosamiento conjugaba con mi voluntad. Me hallaba en un éxtasis fuera de lo normal.
 
Seducido y entregado totalmente a esa voluptuosa y sensual experiencia, no advertí en un primer instante que algo burbujeaba a mí alrededor. Burbujas que se convirtieron en unas violentas emanaciones, gran cantidad de líquido atrapando el aire de los alrededores a la vez que se dotaba de un blanco color. Éste se fundió sobre los kilos de esa carnosa carne de salmón, al final todo quedó como una fina capa blanca que recubría la carne anaranjada y que ésta, a su vez, me cubría a mí.
 
No sé cuánto tiempo pasé en ese estado, estaba agotado, solamente por sentir. Por experimentar una incontrolada excitación que era incapaz de saciar. Mis párpados cayeron y percibí lo que deseaba. Unos labios devoraban con empeño y dedicación los míos. Mi cuerpo recobró su libertad y mis labios retribuyeron a los suyos de igual manera. Abrí los ojos y vi aquellos labios, rojos carmesí, como los que había recordado anteriormente. A medida que me devoraban, su carmín se perdía, las partículas chocaban contra mi piel y desaparecían. Algunas se corrían sobre su piel pero al cabo de segundos desparecían también. Poco a poco observé el verdadero color de esos labios, poco distaban del color salmón, algo más vivos pero menos que el color del pintalabios. Redirigí la mirada unos centímetros más arriba, y ésta acabo uncida por sus ojos. Soy incapaz de describir o decir, incluso saber, qué era aquello que tenían que me hacían imposible desviar la mirada hacía otro lugar. Una vez que entraron en escena, mi campo de visión siempre estaba frente a esos ojos, nada podía ver salvo lo que apareciese junto a ellos.
 
Una película húmeda comenzó a derramarse sobre mi sexo, no era fluida del todo, no parecía un líquido plenamente, era algo densa, o esa información llegaba a mi cerebro. En breves dejé de sentirla, un delicado pero inerte tacto recubrió el lugar donde notaba esta sensación. A su vez algo sobre ello oprimió mi pene, he de imaginar que la carne asalmonada, e inició un suave deslizamiento sobre mi piel. El ritmo aunque lento al principio no dejó de ir acelerándose, todo ello mientras continuaba besando aquellos labios y viendo esos ojos. Esta incesante, sedosa y rítmica opresión provocaría que eyaculara. Me encontraba en ese punto en el que la situación se escapa entre nuestros puños por nuestros dedos, donde no hay nada que se pueda hacer para volver a un punto anterior. La vida se empuja contra las fauces del presente e interrumpidamente al futuro, en este caso, la expulsión de semen.
 
Mi cuerpo fue flagelado al unísono y perdí instantáneamente las fuerzas. Éstas se escurrían por mis orificios y se vertían por los bordes de mi cuerpo. Únicamente tenía energías para mantener los parpados abiertos, y los ojos fijos. De esta forma pude observar que en el mismo instante en el que ese pinchazo universal recorrió todo mi cuerpo unos fuertes trazos, como si de pinceladas se tratasen, se dibujaban uno detrás de otro junto a sus ojos. Esas pinceladas en su mayoría eran de un anaranjado vivaracho, pero algunos tonos iban perdiendo fuerza hasta que se acercaban a un rubio leonado. Ciertos trazos parecían dibujarse por brochas de gran grosor sujetadas por un vigoroso brazo, mientras que otros por finos pinceles hechos para el detalle, asidos por unos delicados dedos. Parecían venir de arriba, como si de un volcán en erupción se tratase. Todo ese magma candente e ígneo se derramaba por la ladera de su rostro hasta su llegada a mi pecho. En ese punto se solidificaban adquiriendo rigidez. Se convertirán en rocas basálticas sólo por chocar sobre mí, pero no terminaban con ese característico color negro, sino que mantenían la misma tonalidad que al deslizarse. De manera que parecían guardar en su interior la actividad con la que alardeaban en su descenso. Y aunque generalmente este tipo de rocas son ligeras como las plumas, éstas se hundían con brío y peso en mi carne, generaban resquicios y fracturaban las costillas.
 
Desperté, podía recordar todo ese extraño aunque concluso ¿sueño? Comenzaba a llenar los huecos vacíos, me encontraba renovado.

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