La arcaica orfebrería de Daluosi

La arcaica orfebrería de Daluosi

Escrito por Ucorno el 23 mayo, 2014

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La fachada A de la orfebrería estaba perdida en la abrupta tierra del sur. Tanto se desprendía de la fachada C, que cada año se añadía un tarso. Hasta que logró atravesar la frontera de Kirguizistán. Aquello no fue el final, y su metatarso se perdió en las níveas cumbres del país vecino. Pero las que nos atañen a nosotros son sus caras B y C, la D no tiene relevancia. Para llegar a B se ha de atravesar un arroyo que arrastra la contaminada mentalidad impuesta por occidente a un país subdesarrollado. Cada mañana, unos minutos antes de las 8.00, el individuo X atraviesa su puente de madera para llegar a B, a las 19.30 vuelve a atravesarlo en sentido contrario. En cambio la fachada C extiende unas largas escaleras hacía el núcleo de Taraz. Escaleras que ejercen de límite entre el sosiego y el ajetreo. Nuestro individuo Y las asciende a las 8.30 y las desciende a las 20.00, acción que repite con cada ciclo solar.
               
El escenario es una habitación ordinaria con su segunda arista idéntica a la primera y a todas las demás. Está pintada con un anodino blanco para satisfacer los defectos de su creador. X e Y entran por sus respectivas puertas que corresponden a B y a C. Invariable, con cada día allí están las 303 cajas de madera astillada con los vasos musicales en su interior. En total son 1825 vasos musicales que en cada jornada revisan en busca de imperfecciones o quebraduras. A veces el caolín que extraen de la tierra se siente incapaz de mantener su forma firme tras su cocción. Tras cerciorarse de su nobleza los introducen de nuevo en sus cajas, esta vez listos para su manufactura. Allí el día es uniforme y plano, nunca tardan ni más ni menos.
               
Estos vasos tan particulares son llamados “cráneos celestes”, nombre que se le dio más de dos mil años atrás. Eran parte de un rito columna de una arcaica, arcana y sombría religión de Daluosi, la actual Taraz. Aquel culto adoraba algunos astros celestiales, en especial a Marte, por ello copiaron su forma y le dieron forma con la rojiza arcilla. Los vasos trataban de ser esféricos, pero su base y la apertura superior los desvirtuaban en óvalo. En ese orificio superior se introducía un líquido secular que otorgaba la divina individualidad de cada vaso. Unos líquidos le daban un tono grave y otros, agudo. Pero la liturgia sólo aprobaba cinco dignos de los cráneos celestes, cada uno representante en la tierra de un astro. La orina era Júpiter, el vino era el Sol, el agua fluvial era la Luna, el agua salada del mar Caspio era Venus y la sangre era Marte. También tenían unas pequeñas oquedades lejos de su ecuador por las que el viento se introducía insidiosamente, insuflándoles vida y dándoles voz. Según la velocidad y el punto cardinal por donde entrase el viento, los matices del tono cambiaban también, adjudicándoles estados de ánimo a sus dioses terrenales. Los acólitos del culto colocaban los cinco vasos sobre las conoidales torres de su romboide alcázar, Marte coronaba la torre central. Ésta era la forma en la que los clérigos interpretaban los designios que dibujaban sus vidas mortales.

Cuando la ruta de la seda se abrió, esta religión junto a su verdadero pueblo ya habían desaparecido, pero no sus famosos vasos musicales. Éstos abandonaron la liturgia y pasaron a formar parte del placer del arte. Eran exportados en cientos de cientos de kilómetros al oeste, servían de diversión en grandes salones. Infructíferamente durante siglos los orfebres occidentales trataron de copiar los vasos. Los copiaban de manera exacta, o eso pensaban ellos, pero cuando entraba el viento en su interior no generaba ni un pequeño eco de lo que atronaban los fabricados en Daluosi. Éste fue el humilde origen de nuestro edificio y sus caras A, B, C y D, poseedor de la fórmula ideal para crear los únicos vasos musicales que se exportaban a todo el mundo.

El individuo X es incapaz de hablar, está afónico, la división celular no se empleó con él lo suficiente. Pero Y sí que tiene fonación, aunque nunca la usa, y tampoco deja ver en cada uno de sus parpadeos que vaya a hacer uso de esta habilidad. Bajo la umbría de una tercera puerta, la cual posiblemente sea por donde salen y entran las cajas con los vasos, está siempre erguido un guarda. Mancebo tosco y moreno, debido a su fisionomía y no por las horas que allí pasa. Su misión es salvaguardar el trabajo de X e Y, permanecer impertérrito con la mirada perdida entre hojas es como toma él su deber. Una araña expectante en una vaga vigilia sobre su tela. Lee los periódicos nacionales y los amontona por la habitación en grandes pilares. Pilares de papel, verdaderos centinelas de las insulsas acciones de nuestra habitación. Desde primera hora de la mañana se remonta el corrupto ambiente desde el suelo hasta el techo en sus últimas horas del día. Nadie es dado a abandonar aquella habitación ni en los periodos de descanso. El silencio se mantiene yermo e inagotable durante cada segundo, sólo en los minutos de descanso éste se expande y contrae como la persona que trata de conciliar el sueño durante la vigilia. Pero si algo hay digno de queja es la asfixiante penumbra con la que apenas consigue clarificarles una bombilla tendida sobre sus cabezas. Estos caracteres unidos al cadencioso ajetreo de X e Y genera un entorno donde no existe la incertidumbre y mucho menos el azar, el tiempo es imperturbable y la rutina demoledora de la insurrección.
               
En la mañana de hace dos días una disrupción anómala sacudió el lugar, de igual manera que una pequeña roca arrojada contra un charco de agua estancada remueve el fango de su fondo. En el 3,5 % del 5 % total de vasos que se rompen a lo largo de cada día, en ese momento que los vasos se depositan de nuevo en su caja tras la revisión, X miró a Y, e Y en lugar de desviar la mirada hacia un oscuro rincón, como acostumbraba a hacer, se la sostuvo. Este hecho condujo a una leve carrera de tortugas por ambos labios hasta concertar unas menudas sonrisas. Ambos individuos de forma espontánea y unánime cogieron periódicos y los introdujeron en la hueca arcilla, haciendo más difícil que se rompieran. Ante aquella desviación de la rutina el guarda les escanció con unos severos rasgos pero, al ver que el trabajo continuaba sin más, desandó los pliegues de su rostro. Esta acción tomó posesión y lugar en la rutina. No hubo comunicación, tampoco se la necesitó, las ideas de ambos colisionaron inopinadamente como sus sonrisas. Seguramente este hecho hace dos mil años en la antigua Daluosi lo hubiera vaticinado antes de ocurrir el cráneo celeste de Marte.
               
Esta extraña singularidad no hizo que holgazanearan en la revisión de los 1825 vasos diarios, pero sí consiguieron descender el porcentaje de daños a un 2,3 %.

Un día cualquiera Y dejó de introducir periódicos en el vacío, X continuó como hasta ahora había hecho. El porcentaje volvió a ascender quedándose en 3,65 %. Durante 36 días más X siguió llenando el hueco de los vasos mientras que intercalaba miradas a Y. Intentaba volver a estimular los días en los que los dos rellenaban vasos juntos. Otros cinco meses pasaron, X perfiló su mirada en troqueles, trató de penetrar la frente de Y para depositar algún pensamiento en el interior de su cabeza. Sin éxito. Así pasó un año.
               
De nuevo el tedio lo colocó y afianzó en el castillo de su buque prisión que un año atrás navegaba entre las circunvalaciones de su encéfalo. Ahora que el capitán había regresado a su buque, desencalló del sistema límbico y se lanzó a remar nuevamente en la tormenta de los pensamientos. Desenmarañó que las ideas recíprocas entre dos seres humanos sin mediar comunicación sólo se dan una vez en el tejido de la mortal soga que es la vida. El porcentaje volvió a su natural 5 %, aquella cifra inferior a ésta sólo había sido el reflejo de un sueño. Una cifra que nadie reprochó, ni tampoco agradeció. El fango removido por la roca caída se volvió a depositar.
               
Al día siguiente X dimitió, se marchó a la búsqueda de la extraviada fachada A. Presentía que allí encontraría otros individuos Y con los cuales una mirada volvería a desatar una idea recíproca, incluso estos nuevos individuos Y puede que se comunicasen con él a pesar de su afonía. Encallaría de nuevo su buque, aunque ningún cráneo celeste lo pronosticara.

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