Miércoles

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Escrito por Ucorno el 20 abril, 2014

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«Constantemente iba a la estantería de los libros para tomar otro trago del divino medicamento». 'Las olas', Virginia Woolf.

Estaba extenuado, pero mucho menos de lo que cabía esperar, las nubes hicieron de paveses acolchados contra las poderosas saetas que el sol me intentó lanzar durante esas dos horas. Arranqué ese sudor adherido a mi epitelio, ya no necesitaba que me regulara la temperatura. Volví a salir por aquella débil puerta, no es de madera, simplemente de uno de esos metales baratos que se usan para todo. Escogí 'Las olas', Proust andaba de por medio, la vida de esta mujer me fascinó, no estaba 'Al Faro', me llevé 'Las Olas'.

Abierto en el comienzo, lo huelo, huele a un ocre desteñido por el paso del tiempo. La juventud ha perdido su cariz adjudicado, la fruta sin madurar está dura, no es maleable, no guarda un buen sabor. El sol sigue sin aparecer, supongo que él también necesita intimidad, las figuras de dominio público también tienen vida privada. La izquierda me duele, siempre me azoga esta presión. La derecha es incapaz de dejarse torcer, siempre se reposa orgullosa sobre la lesionada izquierda. Y la fibra sintética no la libera de su prisión, es incapaz de retener los sollozos de la inervación.

Este azul cobalto tiene un tacto comparado al de 'Para Elisade Beethoven, por las trazas amarillas madera de clase media parece que se desliza 'Nocturne' de Chopín, y por último esos fragmentos de ese color que mi ojo no consigue alcanzar en su espectro, vacíos parecen hallarse. He compartido demasiado con este objeto, demasiadas magdalenas, una y otra vez vuelven a ser devoradas, jamás se acabarán si no destruyo este instrumento de mi memoria. Adoro la desnudez en solitario, en estos días tan escaldados por los chorros que los anticiclones nos lanzan. Siempre acabo enrollado en una alusión que me dé calor. 

¿Quién me diría que iba a compartir tanto contigo? Lejos de mi lugar. Ahora tú eres quien me acompaña en mi reclusión, en mi soledad, en mis soliloquios. Tú guardarás mi hilarante ser de estos días perdidos, de estos días fugaces, sin fin. Después del martes siempre vendrás tú, miércoles. Guardo esas líneas, a ella le dirían algo, quiero creer, a mí me dicen mucho, quiero pensar.

Grita. Vuelve a gritar. Me agobian los gritos. Yo también grito. No me gusta gritar. La presión del techo me lanzó hacía aquella habitación. Quería que cesara el ruido. Me marché sin que mi glotis se enterara. La comida llegó en vibraciones desde algún lugar. Pero el apetito había salido, en aquel lugar donde se hallaba tenían odio y prejuicios hacía las vibraciones, no las dejaron entrar.

Me derramé de nuevo, ¿dónde están los bordes? Parece ser que ya no hay recipiente. ¡Es verdad! Hoy era la una del mediodía cuando esta idea llegó a mí, como cada día, como cada mes. Unas veces antes, otras después, da igual, siempre llega. Adoro este olor.

Alguien me lanza piedras, sus hondas han de ser de buen calibre, son enormes. No paran, trato de deslizarme, no puedo. Las piedras son cada vez más grandes, ¡descubrieron mi plan! Ahora utilizan un trebuchet. Me fundo cada vez más, no podrán conmigo. Pero no cesan. ¡Abandono! Me voy a repostar esta estructura.

Aquella mesa era la misma. Allí sólo, no en el lugar. Sus cuitas caían sobre mí, yo las recojo con ahínco. Se me da bien atraparlas, pero no suelen brindarme con ellas. Aquel ingeniero hizo una caja soberbia, muy simple y sencilla en su exterior, pero ¿qué me decís del espacio? La pelota dorada sigue rodando sin que la recojan… pero reflexionando, es mejor así. Demasiados caminos hay que recorrer como para entretenerse.

Antes jugaba con las tres piezas, las tres son importantes. Antes no te apartaba de mí ni una vez. Ahora te abandoné a tu suerte. Mantengo las otras dos, a una la trato como siempre. Nos llevamos bien, la retribución es mutua. Y ahora abuso de la otra, no te había abandonado, pero ahora eres centro de mi atención. ¿Me castigarás cuando mi edad haya incrementado? Me lo habré merecido por tratarte como medio y no como fin.

Una sandía, enorme y redonda. Poderosa, más quisiera el sol ser ni la mitad de admirado que esta sandía. Es eterna, siempre ha estado aquí, para mí. Cuando nos entregamos a esos dulces arrebatos, no nos importa que nadie nos mire. Acabamos agotados. Me pasaría horas, inmóvil tras el acto, esperando que se evaporase la dulzura del momento. Y en cuanto pudiera, volver a entregarme a él. En un eterno retorno, hasta que ese depredador me arrancase del sueño con sus magulladuras y zarpazos. Pero no puede ser, los hitos están marcados en las escrituras, he de regresar.

Desazón.

Parece ser que la bacanal ha empezado y no nos han esperado. La sujeto fuertemente con mi mano derecha mientras que me lanzo sobre la fiesta. El foco ha sido acomodado a mí. ¿Será que soy el centro de atención y ni lo sabía? Espera. Era a ella. Ahora todo parece tener su lógica. No me agradan las reuniones, a ésta acudo siempre que nadie espera.

El ribete es agradable para el oído. Descanso mi vergüenza sobre la almohada, y despojo a Virginia de su yelmo. Me armo con el estoque en la derecha y con la rodela en la izquierda, invitamos también a la metafísica, ella siempre tendrá un lugar en la silla turca.

En esta tormenta los brazos se tienden. Sin manos. Están mojados, húmedos. Mis manos se resbalan. Aun así agradezco este gesto. Lo seguiré intentando. Nos hayamos en el intento cuarenta y uno. Habrá muchos más.

La dejo descansar. Yo también necesito descansar. Todo tiene un límite. Reflexiono. Esta presión busca algo de mí. Me despojo de mi ropa nuevamente. ¿Por qué motivo me visto? Esas finas hebras entran cuando estoy despistado. Comienzan a tejer sobre mí. No hay hilanderas. Pero tejen con desenfreno. ¡Alto! Haré lo que me pidáis, sólo quiero estar aquí. ¡Dadme las condiciones!

Reposo de nuevo. Este pequeño destello consigue llegar hasta mí. De algún modo ha conseguido sortear mi arqueado brazo. ¿Cómo subió aquella escarpada solana? Parece un pequeño jerbo. ¿Habrá saltado? Juega conmigo, me es agradable, mi mejilla ha hecho amistad con él. Pero no hay tiempo.

Recojo la manutención necesaria para mañana. Hago recuento de los pertrechos. Y miro las previsiones, vulgaridad e insipidez.

Hago mi intercambio gaseoso. Uno, dos. Yo sólo hago uno, el otro siempre está apuntalado. Por algún motivo el arquitecto sólo quiso a uno trabajando. La cultura biliosa-melancólica. Pero no se contentó con eso. A los vecinos del piso inferior los puso en conflicto también, los colocó a ambos en el mismo espacio, pero a uno lo dotó de cama, al otro no. Este segundo siempre está en los pasillos, furibundo de un lado a otro. Molesta a los invitados. Sólo consiguen que uno se canse, debería dejar de invitar a esas partículas externas.

Proyecto un virote contra la maquinaria de la vida, ya es hora de cerrar el escenario. Hago espacio a la nada. Porque ésta sea nada no quiere decir que no pueda tener su espacio vital como todos. Los garfios empiezan a hacer su aparición, apartan lo bronceado. Su hora se ha acabado, es tiempo para los magníficos buques de guerra. Una lástima que estén condenados a naufragar. Lucharán con denuedo, conquistarán nuevas tierras, construirán una civilización. La envidia de toda la cultura occidental. Llegaran a su cénit, lo mantendrán como nadie jamás ha hecho. Siglo a segundo. Eras en edades. Pero ese agente invisible vendrá, lo erosionará, a veces sin previo aviso, y otras de forma escalonada. Expectante.

Al final, me dormiré.
 

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