La no tan dulce Carolina (2ª parte)

La no tan dulce Carolina (2ª parte)

Escrito por Gloria Montenegro el 17 abril, 2014

Gloria Montenegro

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Y, sin pensarlo dos veces, se acercó a él y le dijo…

—Me gustaría tener tus ojos enfrente de mí, deseándome; fustigar tu preciosa cara hasta que no lo aguantes más y supliques clemencia dos veces.
Jamás he pedido clemencia a una tía.
Yo lo conseguiría dos veces.

Él la miró de arriba abajo, analizando cada centímetro de su cuerpo y concluyó: «Vámonos».

Sábado 9, 01:46.

La rojez de sus mejillas era el perfecto contraste para esos ojos claros, lujuriosos, la miraban con ansia, con furia, queriendo ser liberado y desahogar toda la tensión de su cuerpo.

No tenía un cuerpo de culturista, pero Carolina podía notar cómo sus músculos se contraían en el momento en que sus manos tocaban su cara. Con cada bofetada podía sentir la electricidad trasladándose desde las yemas de sus dedos (terminados en unas uñas pintadas de negro) hasta lo más profundo de su ser, adornado de encaje, de flores y de una extraña combinación de hilos que formaban su ropa interior.

Los temblores del cabezal cada vez eran más intensos, sus tríceps se marcaban cada vez más y, por fin, después de más de media hora, se lo pidió: «Te lo suplico, suéltame ¡ya!».

«Ésta es la primera vez. Aún me queda por conseguir una segunda clemencia».

Sabía que no lo conseguiría tan fácilmente, así que se fue al armario del otro lado de la habitación, abrió la puerta, y cogió uno de sus bienes más preciados. «Esto quizá consiga que me lo vuelvas a pedir. Te presento a Berazategui».

Las pupilas de sus ojos claros se contrajeron por un instante, pero al momento siguiente pudo percibir la dilatación de sus venas, su corazón bombeando a un ritmo frenético y toda la excitación que aquella extraña mujer había creado con sus manos. Lo había convertido en un verdadero sumiso a su merced. Decidido a no volver a pedírselo y continuar con el juego, se mantuvo callado mientras cada vez tenía más cerca a esa preciosa dominatrix de pelo negro con su fusta.

«Podemos hacer lo siguiente: me vuelves a suplicar que te suelte y no la utilizo, o notarás el sabor del cuero antes de que deje tu cuerpo marcado a golpes. Tú decides».

El silencio de la habitación solamente era interrumpido por los motores de los coches que con frecuencia pasaban por aquel lugar.

«Muy bien. Tú lo has querido. Ahora, abre la boca».

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La cultura, si no la defendemos nosotros, no se defiende por sí sola. "Una lengua es más que una obra de arte; es matriz inagotable de obras de arte" Castelao

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