Cuento para una Superficial

Cuento para una Superficial

Escrito por Dianogos el 16 abril, 2014

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Érase una vez una chica que vivía en Candilada, territorio más allá de la realidad y cercano a ese otro lugar llamado Virtualidad. Esta chica, que no tenía casa, que no tenía coche e incluso no tenía perro, caminaba por las calles de su pueblo sin mirar a ninguna persona. Muchos eran los que la saludaban pero ella siempre, siempre hacía caso omiso a sus sonrisas.

Cabizbaja, vagaba sin sentido aparente de un lado a otro, recorriendo todas y cada una de las calles; su cuerpecito se bamboleaba como llevado por un céfiro personal que sólo la afectaba a ella. Su pelo enmarañado, sucio y largo hasta perder la cuenta de los años sin cortar, tapaba su rostro, invisible a todos aquellos curiosos que buscaban entre sus cabellos el color de sus ojos.

Un día, nuestra protagonista se topo con un obstáculo, un gran obstáculo en mitad de su camino. En silencio intentó rodearlo pero fue inútil. Levantó su pequeño brazo e intentó apartarlo pero sin éxito. Decidió rodearlo, como tantas otras veces había hecho, pero el obstáculo seguía estando delante de ella. Su frágil cuello se tensó, sus manos se hicieron puños y una pequeña gota de sudor comenzó su corto camino desde la mejilla derecha.

No sería la primera vez que se encontraba ante tamaño problema así que intentó otra cosa. Giró su cuerpo y cogiendo aire, llenó sus pulmones y se propuso cambiar de acera. Cruzar la carretera podría ser peligroso pero al cambio, evitaría ese fastidioso obstáculo que se encontraba delante de ella. Pero al levantar su piececito descalzo y sucio, la sombra del obstáculo volvió a interponerse entre ella y su caminar.
 
¿Qué podía ser aquello que tanto la estaba parando? Decidió hacer una excepción y mirar hacia delante, levantar su cabecita y observar a qué o quién se estaba enfrentando.

—Hola, soy Miedo.
 
Entre los pelos de la muchacha se vislumbraba una mirada atónita de ojos abiertísimos que no daba crédito a lo que estaba viendo. Una masa enorme de color naranja, de más de dos metros de ancho y otros tantos de largo; tenía un rostro sin facciones, sin ojos, sin boca ni dientes, no tenía orejas, ni nariz y, menos aún, pelo.

—He venido a asustarte, creo que ya te tocaba, teniendo en cuenta tu edad. Quiero decirte muchas cosas que aún no sabes, quiero hablarte de la muerte y la desesperación. Quiero que te enamores de mí y que nunca me olvides: quiero vivir contigo para siempre.
 
¡Qué horror tan abominable se interponía entre su caminar y ella! ¿Qué podía hacer ella para librarse de tan aterradora criatura? Volvió a bajar la cabeza y sonrió.

—Tú serás quien reciba mis primeras palabras, puesto que nadie nunca logró escucharme articular ninguna. Te irás de mi camino puesto que yo no te amo ni amaré. No siento amor por nada ni nadie y menos de ti. Estoy condenada a vagar por estas tierras sola y así será hasta el último de mis días.

—Yo sabré amarte—continuó Miedo—Puedo darte todo lo que tengo, miles de historias retorcidas, llenas de finales infelices y maltrechos. Puedo generarte negatividad e incluso, más adelante, puedo sembrar en ti mi semilla.
 
La joven volvió a levantar su cara, esta vez apartando su cabello de la cara; dejó ver su inédita cara y mostró sus ojos a la masa naranja que era Miedo. Éste se estremeció al verlos brillar. Su color era gris y su apertura excesiva para el rostro de una niña.

Imagen tomada de http://skizziere.blogspot.com.es/

—Mi nombre es Indiferencia, Miedo, nunca podría enamorarme de ti. No puedo poseer nada, ni amar a nadie, ni siquiera debería haberme parado a hablar contigo. Me encantaría poder sentir que me gustaría quedarme contigo pero nada llevo, nada traigo. En definitiva, no te tengo, Miedo.
 
Dichas estas palabras, Miedo se apartó a un lado dejando pasar a Indiferencia. Fue entonces cuando Miedo decidió acompañarla en su camino, siempre de lejos, pero sin apartar su vista de aquella enclenque silueta. Cualquier persona que la saludaba, acababa siendo víctima de un celoso Miedo.
 
Aquellos ojos habían conquistado el tembloroso corazón de aquella masa naranja, porque en todos sus años de vida aterrando a personas de todo tipo, no había encontrado algo que diera más miedo y a la vez más pena que aquella niña llamada Indiferencia.

Ilustraciones de Nicolás Bertona y Rosa Skizze

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Educador con aires de escritor. Con muchas ideas que acabaron en un saco tan grande que acabamos llamándolo Harwin.

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