Corona de Cuervos

Corona de Cuervos

Escrito por Ucorno el 1 abril, 2014

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Aquella vieja silla se encontraba en una pequeña cabaña. Ésta estaba hecha únicamente de madera, su área era de unos cuatro metros cuadrados. Y su única entrada y salida era una pequeña ventana cubierta con un frágil cristal. Aquella ventana se encontraba frente a la silla. La única luz que entraba era la irradiada por aquella gran luna llena. Salvo el foco proyectado por ésta, el resto era plena oscuridad, ni una estrella podía divisarse.

Sobre la silla se hallaba un hombre sentado, completamente desnudo. Éste tenía una peculiaridad, no tenía rostro. Largo tiempo había pasado ya desde que lo había perdido, desde ese trágico día en el que se lo arrebataron sólo permanecía allí, sentado de cara a la frágil ventana. Según dicen el rostro es la forma que tiene el alma para expresarse, para emitir los sentimientos y los deseos que recorren un cuerpo. Por ello todos pensaban que aquel hombre había perdido por lo que sentir y desear. Por ello carecía de rostro.

Largas horas de aquella noche pasaron sin ocurrir nada ni dentro ni fuera, como tantos meses antes habían pasado. Y más y más días pasaron sin pasar nada, por no pasar ni siquiera amanecía, sólo la noche y la gran luna llena acompañaban sus días.

En un punto de esta historia la ventana se rompió con tal celeridad que no se supo qué había ocurrido. Sólo después de unos minutos y tras aquel estropicio se pudo ver que tres cuervos se habían posado sobre la cabeza de dicho hombre, como si de una corona de espinas negras se tratase.

Cada uno de ellos tenía un tamaño distinto. El más pequeño había sido atraído por la soledad de aquel ser. El más grande sentía gran tristeza en él, lo cual le encantaba. Y el que queda, una cosa intermedia entre uno y otro, había sido llamado por la indiferencia de aquella persona respecto a todo aquello que le rodeaba. Otras tantas horas permanecieron los cuervos estáticos sobre su cabeza, como si quisieran provocar alguna reacción en aquel ser, pero no hubo ninguna reacción.

Terminada la paciencia de los cuervos, se abalanzaron sobre él, consiguiendo derribarlo de aquella silla. Ahora aquel cuerpo permanecía pecho arriba, tendido sobre el frío suelo de madera. Voraces como si no hubieran comido en semanas se abalanzaron sobre su pecho, sus garras rasgaron toda la superficie de su piel, hasta llegar al músculo, donde unos fuertes tirones rasgaron aquellas fibras como si de simple seda se tratase. Al llegar a las costillas, los cuervos emplearon a fondo sus picos, partiendo por la mitad una tras otra cada costilla. Habían llegado a su pequeño tesoro. El más pequeño rompió con delicadeza el pericardio. El grande se encargó de cortar una a una cada vena y cada arteria, las pulmonares, las cava y, por último y fue la que más le costó, la aorta. Separado aquel tesoro del resto del cuerpo, el mediano lo agarró y lo lanzó a medio metro del cuerpo.  Los tres se abalanzaron raudos sobre él.

Mientras tanto, el cuerpo vertía sobre el suelo cada milímetro de sangre que lo recorría. Ni un movimiento se produjo sobre aquel hombre; la vida se le marchaba por aquella herida en su pecho.

El pequeño cuervo se abría paso con su pico por el orificio de la vena pulmonar superior, hasta llegar a la válvula mitral, la cual le parecía deliciosa, y cuando ya no quedaba válvula que devorar se regocijaba bebiendo aquella sangre que lograba saciar su sed. Al grande lo que le gustaba era sorber las venas y arterias coronarias como si de simples gusanos se tratasen, y cuando ya no quedaban se divertía picoteando el haz de His y las fibras de Purkinje provocando que el corazón latiese una y otra vez como si se aferrara a la vida, lo cual le parecía muy gracioso. El mediano en cambio se abrió paso por el surco interauricular, dividiendo el corazón en dos partes, pues éste con lo que más disfrutaba era con la destrucción sin respeto alguno.

Sólo media hora tardaron los cuervos en hacer desparecer aquel corazón, dejando sólo unas manchas negruzcas producidas por la sangre pobre en oxígeno, junto a unas manchas de un rojo muy vivo provocadas por la sangre ricamente oxigenada. Los cuervos satisfechos con su cometido se dispusieron a descansar sobre aquel sanguinolento suelo.

Inesperadamente algo ocurrió, los cuervos daban fuertes aleteos y se retorcían de un lado para otro, hasta que en pocos segundos murieron quedando rígidos y fríos como el acero. ¿Qué les había ocurrido? Parecía que habían sido envenenados. Pero ¿por qué? Parece ser que en aquel corazón seguía habiendo algo que sentía. El amor de aquel hombre acabó con la amarga soledad, las alegrías que aún albergaba acabaron con la tristeza, y la esperanza puesta en algo acabó con la indiferencia.

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