De tercera a cuarta persona

De tercera a cuarta persona

Escrito por Ucorno el 27 marzo, 2014

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poesia de enero de 2014
 

Querido amigo mío,

Ya tenemos aquí otro de esos días acuñado como día de los enamorados, y para más inri éste será en luna llena. No hará mucho tiempo leí que existía la creencia de que la luna no solamente es capaz de influir en algo inerte como las mareas, sino que genera un potente influjo sobre los seres vivos, principalmente los seres humanos. Al parecer ésta influye sobre el ciclo menstrual de la mujer y sobre la cordura de las personas, convirtiéndolas en lunáticas. Lo de la menstruación no me llega a cuajar del todo, pero de lo otro… albergo cierta incógnita. A medida que nos acercamos a ese día he ido observando cómo nuestro querido conocido ha sido mermado en razón.

Y te preguntaras qué tiene que ver lo uno con lo otro, pues en mi opinión creo que existe una correlación. Por las extrañas conversaciones que he mantenido con él acerca de esta misteriosa mujer. De todo lo hablado me quedo con la descripción que me hizo de la figura de su pasión, y de algunas otras cosas que provoca ella sobre él. De ello sacarás en claro cómo  la falta de juicio le ha sido arrebatada de forma paulatina, hebra a hebra.

Ella es algunos años mayor o unos cuantos menor que él, a veces lo uno y a veces lo otro. Una de las pequeñas certezas es que ella no supera el metro setenta de altura, era algo totalmente obvio según sus palabras. Pero al profundizar un poquito más, me alcanzó a decir que puede que le superase en estatura. Su fisionomía es la propia de las mujeres de esta época, turbulenta y estructurada de forma que todas ellas puedan parecer dignas de las más altas cortes. Puede que a todo esto tenga algo que decir la indumentaria que ronda actualmente. Aun así, intentaré describir esa estructura en concreto, para que puedas crearte la que escoja tu imaginación, según la impresión que quieras adquirir de mis palabras. La conformación de su psicología es algo de lo que poco podré desvelarte, pues es totalmente desconocida e ignota para él, y por lo tanto para mí. Nunca habían tenido trato como dos amigos, ni siquiera como dos conocidos. Y si abrimos más la puerta veremos que su relación era simplemente algo parecido a un trámite burocrático, limitado, con su fecha de caducidad.

A pesar de todo, el semblante de ella tenía un increíble poder sobre él, conseguía calafatear su ajado corazón con cada mirada, para que éste se mantuviera a flote otra semana más. El hecho de saber que llegaba la hora en la que la vería, le provocaba un estado de plena tranquilidad, que amainaba sus cuitas y amarraba su desesperación. Aquellos minutos que permanecía cercano a ella, le parecían una magnifica materialización onírica de aquellos sueños que ya no ocupaban sus noches. A su pesar, cuando se veía obligado a abandonar aquel lugar, un punzante dolor, incapaz de localizar, se apoderaba de él y le obligaba a relegarse a otro plano, para saciar su sed de vislumbrar aquel cuerpo. Pero al cabo de unas horas comenzaba la cuenta atrás, todo se reiniciaba y empezaba el maravilloso camino de la espera para volver a verla.

Su tez albergaba el color de una nuez fuera de su coraza, con toda su fragilidad a la vista y con un tono dorado por el paso del tiempo y sobre todo por una vida errabunda al sol. Seguramente, si él pudiera besar aquella sedosa piel, sus labios arrastrarían hasta su lengua el delicado sabor de una noche de verano, tras un largo día de sensuales intemperancias a la orilla de un pequeño riachuelo.

Su tren inferior era un gran misterio para él, nunca había tenido la suerte ni siquiera de observar sus pies. Aunque sus caderas de forma generalizada recordaban a la mejor pieza de artesanía que en Talavera de la Reina pudiésemos comprar, como si el número áureo hubiese sido creado solamente para ellas. Sus finas y exquisitas blusas quedaban eclipsadas por el contorno de sus turgentes senos. Él no los había visto, pero sí que pensaba en ellos. Provocaban en él una lascivia que le perforaba hasta el tuétano de los huesos. Pues cuando imaginaba que el cuerpo de ella le envolvía, una niebla de candor exento de moral subyugaba su razón en pos de los instintos primarios.

Sus manos son pequeñas, pero seguro que acarician como el paso de una algodonada ala de búho real. En la parte final de sus falanges tenía sus uñas como todos las tenemos, tal vez nadie podía resaltar de ellas algo especial pero, para él, la deidad en la que creía había hecho aquellas uñas del mismo material del que se hacen los cuernos de los narvales.

Cuando le daba la espalda, él construía sobre sus omoplatos un campo de batalla de la edad moderna, donde los morteros cargados de amor, del moderno Eros, hacían mella en busca de algún resquicio por donde asaltar la ciudadela de su corazón.

Sus cabellos son largos, tal vez morenos o castaños, o vete tú a saber qué otro color, aquello es lo de menos. Lo normal es que estén recogidos en una pequeña coleta, que se desliza sobre su cuerpo seseando algo cíclicamente, algo que él interpreta por un rotundo SÍ. Su nariz se parece a una juguetona ardilla que corre sin descanso, estando siempre en el lugar correcto para crear la armonía, dando igual el ángulo en el que nos encontremos.

Todo en sus ojos es pureza, su esclerótica es del más fino cristal, como si por un orfebre divino hubiese sido tallada, y sus iris son de un color casto y pulimentado por las olas de una playa virgen. A él le excita muchísimo esa pureza que refleja, pero desea y espera ardientemente que en su interior ella se entregue al más portentoso placer carnal. Sus labios recorren varias tonalidades, aunque se encuentran bien delimitados del resto de su piel, éstos guardan en sus bordes un color similar pero, a medida que descendemos hacía su interior, esos colores se ven aclarados. Incitando a un amor apasionado como ningún otro, y cuyo lugar de residencia es aquellos labios. No podría haber mayor privilegio para él que unir sus labios a aquéllos. Y si esto no fuese suficiente, cuando los músculos orbiculares en comunión con el cigomático hacen su aparición sobre el escenario, dejan a la vista aquellos preciosos dientes, tallados sobre las perlas más nacaradas que en la isla de Sri Lanka pudiésemos encontrar.

Y tras esto me pregunto yo: ¿es esto obra del amor o del poder de la luna? No sé, no sé…

¡Allá va otro lunático más!
 

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