¿Amor? Hablemos

¿Amor? Hablemos

Escrito por Dianogos el 31 marzo, 2014

Dianogos

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Llevo tiempo discutiendo con unas y con otros las singularidades del amor, sus contradicciones y sus límites. Estoy cansado de hablar de algo que me concierne pero que apenas he tratado desde los parámetros de lo aceptable. He sido amante, amado, amoroso, pero en estos momentos es el tema que más me asquea y no precisamente por su uso y disfrute, sino por todo lo contrario.
 
Utilizáis el amor para discriminarme, todos y todas aquéllas que por la calle paseáis de la mano sonrientes en un día primaveral. Los que os besáis lentamente mientras el tiempo se para alrededor vuestro. Estoy harto de paralizarme ante vosotros. Y ante vosotras.
 
Y no es que busque el amor, eso ya lo hice y no me fue bien. Lo que hago de vez en cuando es enamorarme y ahí es cuando se jode todo; puesto que, la mayoría de las veces, cuando sucede, no es correspondido. Y entramos en los desamores, las canciones horteras, los paseos cabizbajo y los llantos con películas que no merecen ni una sola lágrima (quizás ni haberlas visto).
 
Llega la primavera y parece una obligación haber mantenido a una persona a tu lado para restregársela al mundo haciendo público el amor romántico con el que Hollywood nos ha invadido. Ya llegará el final de curso con sus consabidas despedidas y el verano, con sus consabidas aventuras idílicas. Pero eso es otra historia. De las rotaciones amorosas hablaremos en otra ocasión, porque merecen un par de páginas de estudio al menos.
 
Volviendo al amor, una de las cosas que más me joden de él son los achaques de los tuyos. «Ya vas teniendo una edad», «a ver cuándo te decides», «se te va a pasar el arroz», «¿estás mal? Eso va a ser mal de amores». Frases que me pasan por delante cada día y que se complementan con miradas lastimeras que se compadecen de este soltero, mocico viejo, caso imposible.
 
Me llega la crisis de los treinta y supongo que lo primero que tendré que tener en cuenta es la prisa por “enamorarme”. Y no os creáis, ya tengo pretendientes, todas muy viables para una vida “normal” y eterna. El problema es que yo no quiero eso.
 
Yo quiero suspirar, sonreír como un estúpido, reírme como si lo fueran a prohibir, escribir para ella los versos más profundos y hacerle el amor hasta llorar de la emoción. Quiero una intensidad eterna, complicidad, sinceridad, quiero, como me decía una chica una vez: tener el corazón grande en todo momento. ¿Pido mucho?
 

La respuesta a mi última pregunta la dejo en el aire, para algunos de los que estáis leyendo esto, seguro que os suena y pensáis: «pobrecito, otro que necesita mimos». Y no os equivocaréis. Otras, sin embargo, estaréis diciendo: «ya está el típico que cree en el amor romántico, en las relaciones típicas y que le gusta ponerle nombre a todo». A todas esas personas sólo os puedo decir una cosa: que os follen.
 
Sí, creo en el amor romántico y no como en una deidad humana, creo en algo que he visto, que he percibido en personas cercanas y no tanto; creo en que es posible aunque para mí, en estos momentos, no lo sea. Y creo que seguiré luchando para conseguirlo, aunque hasta ahora no me ha ido muy bien.
 
Y si tengo que seguir siendo un mocico viejo, un soltero o si tengo que paralizarme en cada esquina con vuestros besos, no me importa: algún día me tocará a mí y entonces… entonces seréis vosotros y vosotras los que dejéis de vivir por un instante tan eterno como lo será mi amor.

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Educador con aires de escritor. Con muchas ideas que acabaron en un saco tan grande que acabamos llamándolo Harwin.

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