La mariposa de pedrería

La mariposa de pedrería

Escrito por VictoriaB el 5 febrero, 2014

VictoriaB

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Solo soy un viejo escritor cuyos libros demacró el paso del tiempo, igual que tu boca antes tierna fue sustituida por dientes de serpiente y una lengua de experta mis libros fueron perdiendo fulgor y ganando competencia. No soy un viejo verde de estos que miran las falditas de las jovencillas y las intentan engatusar con dinero y escasa sabiduría, no disfracemos de experiencia nuestra ya florida vejez, tengamos algo de orgullo. Pero tú no eres como ellas, tu piel está casi tan curtida como la mía en el oficio de la hiel. Tu nombre suena a épocas pasadas pero no mejores que esta, los moratones que son tus ojos delatan tu triste historia y pobre existencia.
Y ahora tú estás leyendo mi libro con tedio, como por obligación, hay algo de puro en esta escena, lo lees por mí, que sabes que me muero, y estás tan mujer que me escuece la vista. Léelo en alto que quiero recordar mi viejo y marchito esplendor, aquellos días de juventud y gallardía que masacró el alcohol. Léelo y sin que sirva de precedente déjame desearte como último estertor de muerte. Cuando caiga henchido de dolor sobre mi árido camastro mi camino hacia la luz y hacia dios (si es que existe), el camino a su destino de este reconocido ateo, estará mezclado con tu definitiva ausencia y con el pensamiento de que ahora tus manos rozarán las mías ya inertes e inservibles, las mías no te devolverán el roce, tus lágrimas llorarán sobre mi cuerpo y más tarde sobre mi tumba. Mi recuerdo en ti se vestirá de viejo idealista con resquicios de su antiguo atractivo juvenil, con la sonrisa del Diablo, la del soñador cuyos sueños ya están muertos, cuyas mujeres amadas yacen en los más bellos y siniestros cementerios o se pudren en cualquier asilo, quizá ardan conmigo en el infierno de los que creyeron en algo que no resultó. Y tú, querida, serás la última mujer de mi vida, la que me releía mis historias de viejo, se recolocaba la cofia con elegancia, se sacudía la bata blanca, sonreía cansada y se marchaba a otra habitación. Y tú, querida, ya no eres de mi época y aún te queda cierta vida por delante que ahora estará manchada con mi infame paso por ella. Quiero que aún así guardes lo que escribí para ti, unos días antes de mi oportuna muerte, las letras que se me escapan y al fin y al cabo te pertenecen. Si algún día alguien viene preguntándote por mí, tú solo diles esto:
“Fue un Lupercio más al que dejó de visitarle su mariposa de pedrería.”

PD: Para mejor comprensión se recomienda leer: La mariposa de pedrería, Emilia Pardo Bazán.

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