El amor y otros bienes de consumo

El amor y otros bienes de consumo

Escrito por Miss Carrusel el 12 febrero, 2014

Miss Carrusel

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Al parecer, a mediados de febrero hay que hablar del amor, comprar el amor, vender el amor, hacer el amor, buscar el amor. Pero dejadme deciros algo: por si no os habíais dado cuenta, ese amor que nos venden en los escaparates del corte inglés y en los menús para dos de los restaurantes, es falso. El “sí quiero”, el “juntos para siempre”, el “después de ti no hay nada”, el “todo mi mundo eres tú”, los fuegos artificiales durante el orgasmo y el pack de niños, hipoteca y perro no son más que productos de mercado que nos venden después de crear la necesidad de no estar solos, de sentir que solo estaremos completos cuando encontremos nuestra media naranja. El mercado funciona así: primero crea una necesidad entre los consumidores potenciales y después lanza los productos necesarios para cubrirla. Pues bien, todo ese amor romántico, prefabricado y falso que pretenden que necesitemos por mi parte pueden metérselo por el culo (si, si, habéis leído bien). Si creen que voy a entrar en una página de contactos porque no tengo a nadie que me abrace por las noches, que voy a buscar una pareja para tener algo con lo que llenar los domingos por la tarde o que me voy a conformar con ser moderadamente infeliz a cambio de flores, bombones y cenas en restaurantes caros, se pueden quedar esperando. Y muchos, por no entrar en ese juego de compraventa, me tratarán de cínica, de fría, de insensible. Pero a estas alturas, la verdad, no me importa.
Yo también creo en el amor, yo también aspiro a encontrarlo, yo también he cometido errores en mis relaciones, he herido y he sido herida y me he enganchado a personas que no me convenían o a historias que no llevaban a ningún sitio. Lo que me diferencia de los consumidores borregos de amor romántico es que a pesar de todo eso y por mucho que de pequeña me gustaran los cuentos de hadas y de mayor las comedias románticas, soy consciente de que son solo eso: ficción edulcorada. El amor en el que yo creo no surge porque si, ni se recupera después de abandonarlo o maltratarlo gracias a un gesto heroico o un gran acto final. El amor en el que yo creo hay que currárselo día a día, con confianza, respeto y comprensión. Y a  veces con eso solo no basta. También es necesario tener intereses comunes, planes compatibles y pasión; que no me cuenten milongas, que si en una pareja no hay pasión y deseo eso no es amor, es una amistad dependiente y utilitarista. Una pareja solo merece la pena si estar con ella te hace más feliz que estar sola, pero al mismo tiempo no es imprescindible su presencia para sentirte bien o capaz de afrontar el día a día. Si alguien te quiere y te quiere bien, te hará reír muchas, muchísimas más veces de las que te hará llorar. Y si quieres bien a alguien, cuando vuestra relación haya llegado a su fin, lo aceptarás y la dejarás ir, sabiendo que eso no es una derrota y que del tiempo compartido has obtenido valiosas lecciones y momentos que, aunque no vayan a repetirse, mereció la pena vivir.
El amor dependiente, el amor mentiroso, el amor de postal, no sirve. Al final, se estropea y por las grietas empieza a colarse a gritos y llantos el peso de la cruda realidad. Y aun así, si un sujeto A conoce a un sujeto B y ese sujeto A desde el principio es sincero sobre lo que quiere y lo que no quiere, lo que busca y lo que no y qué puede ofrecer y hasta donde, en muchos casos el sujeto B cree que con tiempo y gestos románticos podrá cambiar eso, romper “esa capa” y llegar a un corazoncito blando y rosa que alberga deseos de matrimonio y que solo dice eso por miedo a resultar herida. Ese razonamiento sacado del guion de cualquier película insustancial puede llevar a que cuando al final se demuestra que el sujeto A realmente no quería nada de eso se convierta automáticamente en un ser malvado y mezquino. No importa lo sincero que fuera, no importa que nunca hiciera promesas, siempre será la persona a la que el sujeto B demonizará por no querer lo mismo o por no cumplir las promesas que nuncale hizo. Al fin y al cabo, ser la parte herida y abandonada de una ruptura siempre es la opción más fácil. Culpar a la otra persona de nuestros errores, de nuestra tristeza, pensar que nunca nos quiso, que nunca le importamos, esa es la opción sencilla, pero sin duda no es la opción justa. Tal vez esa persona también llore la separación, pero posiblemente no delante de ti. Seguramente a ella también le cueste readaptarse a la realidad de volver a ser una y no dos, y sienta muchas veces el impulso de volver cuando la nostalgia de los buenos tiempos la ataque. O tal vez no, pero eso nunca lo sabrás si te dejas atrapar por la autocompasión y la culpa. La culpa siempre es un veneno, da igual a quien consideres culpable: si dejas que la culpa se quede, olvídate de avanzar.
Así que perdónenme si no hago promesas, porque desde pequeña aprendí que uno nunca sabe qué le va a pasar mañana o qué factores externos pueden impedir que las cumpla. Me disculpo de antemano también por cerrar la puerta en las narices a quienes me traigan ramos de flores o intenten comprarme con regalos caros. No me odiéis por ser consciente desde el principio de mis relaciones de que por muy maravillosas que sean tarde o temprano acabarán, ni por creer que el amor también puede durar una sola noche con alguien cuyo nombre nunca llegas a aprenderte. Espero no recibir pedradas por no querer casarme, por preferir estar sola en lugar de conformarme con una soledad compartida y por no creer en los planes a largo plazo ni en las cuentas bancarias conjuntas. Y si no me perdonan, tampoco es que me importe mucho. Aunque me cueste, aunque sea el camino difícil, pienso seguir caminando sin nadie delante ni nadie detrás, que si alguien me acompaña que camine a mi lado y si no, seguiré caminando sola el tiempo que sea necesario, que siempre será mejor eso que acabar convirtiéndome en un triste y pesado lastre.
 

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