Los cien metros lisos del mesero

Los cien metros lisos del mesero

Escrito por Sujeto omnisciente el 4 diciembre, 2013

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Como cada noche Jonathan se prepara y acicala para su jornada diaria, pone betún a sus zapatos, descuelga la camisa blanca del ropero y se enfunda en unos pantalones negros que mantienen una línea recta impoluta, del bolsillo hasta donde estará el tobillo. Un poco de perfume barato, gel en el pelo y corbata recta, todo en su punto. 

Hace una hora en camión (así llaman al autobús donde vive él), el trayecto se compone de un viaje hacia la base donde hace transbordo y agarra el siguiente hasta bajarse y quedar a cincuenta metros de su destino. "Salón de fiesta X" aunque de salón tiene poco, pues es una carpa al aire libre con decoración naíf y rodeado de alambrada muy poco disimulada. Atraviesa la calzada a prisa, pues no hay pasos para el peatón, los semáforos son para los carros (coches que les llamamos nosotros) y sirven de poco. 

Comienza la fiesta y muestra una sonrisa sincera y alegre, en definitiva, se muestra afable con el público. La música suena y con ella la gente empieza a abarrotar la estancia y ocupar asientos, cada cual trae su pomo (botella de alcohol), el local invita a los refrescos, hielos y vasos. Se trata de una fiesta de cumpleaños con banda, "dj", servicio de cena y animadores. 

El alcohol hace efecto y la pista central se llena de gente que al son de la banda se mueve con fluidez de un lado para otro, agarrados por parejas, moviendo los codos de arriba hacia abajo y viceversa, al son de la música que por el ritmo se pudiera hablar de una pieza "allegro vivace". Se termina la pieza y la pista queda vacía para, diez segundos después, presentar el mismo escenario anterior pero con combinación de parejas distinta. 

Concluye la fiesta y Jonathan que durante todo este tiempo ha estado sirviendo "cubas", refrescos y limpiando las mesas con atención se percata de que una mesa ha abandonado el salón y no ha dejado propina, revisa sus cordones y presto y veloz se dispone a correr los cien metros lisos que lo separan del aparcamiento antes de que los exentos protagonistas huyan despavoridos a seguir "la peda" y evadan mostrarle su agradecimiento.

El sueldo de Jonathan es el mínimo interprofesional de su país que corresponde al cambio a cien euros, el nivel de vida es el mismo que en la puta España, a menudo da gracias de no trabajar tan solo por propinas, como lo hace su compañera Joss. 

Este tipo de situaciones dilucidan las dudas que cada cual pueda tener sobre la lucha en la calle, sobre las huelgas de trabajadores y en definitiva, el combate contra el poder. Jonathan no lo sabe, pero el sueldo mínimo se debe/puede subir hasta no tener que realizar los cien metros lisos hasta el aparcamiento cada noche, de no tener que arrastrarse por propina, que esta sea para lo que en definitiva debiera ser, para mostrar tu agradecimiento, no para sustentar la comida que pondrás en el plato de tus hijos al día siguiente. El agua, la luz, no pueden quedar a expensas de que logres llegar a la meta.

El siguiente paso en mi razonamiento fue pensar en si cada uno de nosotros tenemos un Jonathan dentro, me explico. Si sea donde sea, no somos conscientes de cómo nos explotan, de qué derechos todavía no hemos conquistado, de las libertades que nos hacen humanos y que todavía no disfrutamos.

Hay motivos para luchar, aunque no los conozcamos o no seamos conscientes de ellos. Luchar SIEMPRE, dejando a un lado lo ambiguo. 

 

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