Cuento de Navidad

Cuento de Navidad

Escrito por Lilith el 23 diciembre, 2013

Lilith

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Era una noche fría de invierno, todo el bosque estaba nevado. Grandes montones blancos impedían el paso y hacían que aquel joven que tiraba de su trineo caminara con gran dificultad, trastabillando en la oscuridad, cayendo y levantando sin rendirse.
 
Si cualquiera de esas felices personas que comían, cantaban o reían en sus cálidos y luminosos hogares hubiesen limpiado el vaho, hecho sombra con las manos y asomado a la ventana forzando la vista, podrían haber visto cómo aquella extraña figura se abría paso entre los árboles y desaparecía. 
 
Estaba utilizando todas sus fuerzas para tirar de aquel pesado bulto. En un pequeño claro se paró jadeante. Cuando recuperó el aliento sacó una vieja pala oxidada del deforme montón del que tiraba y comenzó a retirar la nieve con gran esfuerzo. Siguió profundizando hasta cavar un no muy profundo hueco alargado en la tierra. Paró, se quitó el gorro de lana que cubría su cabeza y secó con él el sudor de la frente, guardándolo después en el bolsillo de su oscuro y húmedo abrigo, dejando parte de él a la vista. Entonces se volvió hacia el trineo, y tiró de un brazo. El cuerpo se movió varios centímetros. Tiró de nuevo. Y otra vez. Hasta que el cuerpo de otro joven cayó al suelo dejando la sucia tela al descubierto su rostro amoratado. Lo arrastró hasta el agujero, se detuvo un segundo, inclinó la cabeza y procedió a ocultarlo entre tierra y nieve. Cuando consideró que el lugar estaba como al principio volvió a colocar la pala en el trineo y siguió caminando dificultosamente. De vez en cuando se paraba a recuperar el aliento. El cansancio hacía que cada vez su labor fuese más lenta. Repetía su ritual cada vez que encontraba un lugar favorable. Así hasta siete veces. Había dudado de los dos últimos pero al final había preferido incluirlos, aunque eso le supusiera más tiempo y esfuerzo. Todo esto merecería la pena.
 
Un rosado amanecer lo encontró exhausto, sentado en la ladera de la montaña. Cuando el sol comenzaba a asomar se puso en pie, buscó en su bolsillo, había perdido su viejo gorro de lana y ahora sentía frío en las orejas. Dio la vuelta y caminó atravesando el bosque, tirando del ya vacío trineo. La mano izquierda sostenía en lo más profundo del bolsillo del abrigo su amado iphone, aquel que le había transmitido el mensaje:
 
 
“Si quieres un año de prosperidad, siembra trigo. Si quieres diez años de prosperidad, siembra árboles frutales. Si quieres una vida de prosperidad, siembra amigos. Deseo que siembres muchos amigos para este nuevo año. Te quiere, Mamá”

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