Wert vs. Europa y la duda (ir)racional

Wert vs. Europa y la duda (ir)racional

Escrito por Diego Pérez el 10 noviembre, 2013

Diego Pérez

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Es curioso ver las vicisitudes de la conducta humana reflejadas en el día a día de nuestro paso por la historia. A lo largo de la misma, la naturaleza de este bípedo pseudo-racional ha ido estableciendo los hitos (o “milestones” que diría algún purista escaldado) que configurarían el devenir de su presente, y en cuantiosas ocasiones, de su futuro y el de muchas otras especies que tendrían que sucumbir ante el yugo tiránico de quien se cree en posesión de la razón universal. Este mismo espécimen se yergue como ser superior sobre todas las demás criaturas de nuestro planeta y, en muchas ocasiones, de otros mundos también. Su poder lo estructura sobre los cimientos de su razón y su capacidad para, mediante una serie de procesos físicos que tienen lugar en alguna zona de su cerebro o sistema nervioso, saber qué hacer, en qué momento y en qué lugar, sin posibilidad de error. No obstante, estaba lleno de contradicciones, confusiones y neuras que le hacían entrar en una vigilia letárgica, en la cual el ser humano únicamente se dedicaba a sí mismo. Y le daba miedo, le aterrorizaba no obtener respuestas.

Y por eso el hombre creó a Dios.

Por eso su evolución a lo largo de los siglos y milenios ha estado fuertemente arraigada por la presencia mayor o menor de una deidad o ente superior que le proporcionase ese sosiego o calma para su atribulada mente que busca incesantemente respuestas a preguntas que no sabe o no puede responder. Por eso el hombre creó la fe; un contrato espiritual entre el raciocinio y el conocimiento terrenal, limitado y abrupto y la infinita fuente de respuestas y valores morales más allá de los límites de la razón humana.

Pero ello dio lugar a una nueva confusión: ¿en qué punto termina el conocimiento alcanzable y entendible por el bípedo y comienza la sabiduría divina? Una sencilla pregunta, de respuesta imposible, desató una cadena de acontecimientos de trágico final: el ser humano es el ser superior de su planeta, por lo tanto conoce sus fortalezas y debilidades y, por lo tanto, dónde establecer sus límites, ergo cualquier otro ser que difiera en esas premisas no puede tener el mismo poder intelectual que el primero, y por lo tanto no se trata de un ser humano. Dados estos puntos, el segundo ser debe ser sometido a la capacidad superior del espécimen, repito pseudo-racional, y aceptar su superioridad. Y en este punto comienza el enfrentamiento, surge la violencia, el homicidio, la intolerancia egoísta y egocéntrica del ser humano, ávido de poder y conocimiento, que no admite réplica ni osadías ante su “evidente” superioridad.

Decía al comienzo de este artículo, que se me antoja curioso ver cómo esta misma naturaleza del ser humano, ha sido la que en aras de favorecer una comunidad social de individuos de una misma especie con rasgos diferenciadores comunes, ha preferido sembrar las semillas de la duda y el egocentrismo entre sus miembros, haciendo que éstos se hallen confrontados en las más dispares y en ocasiones absurdas contiendas.

Y como somos una especia egocéntrica (término que nosotros mismos hemos acuñado por causa de nuestra naturaleza inherente) me gustaría centrar esta pequeña reflexión en un personaje público de ardiente actualidad, que a día de hoy podría ser señalado como la máxima expresión de cómo este bípedo pseudo-racional y pseudo-social se debate entre su razón y la ajena, creando un germen de conflicto o confrontación: el ministro de Educación del Gobierno de España, José Ignacio Wert.
Este espécimen, tal y como hemos definido a cada uno de los individuos de una especie y sin ánimo de ofensa, en un gesto bondadoso contra un sector en alza y con un gran número de integrantes, como son los millones de estudiantes del país en cuestión, España, (aunque viendo su apellido podría dejar lugar a dudas) ha querido evitar un posible enfrentamiento entre este grupo social numeroso, que hubiera derivado en una catástrofe humanitaria, para focalizar la atención de los mismos en su persona, y por tanto recolocar los miembros de cada uno de los contendientes: los estudiantes contra Wert.

Cierto es que el ser humano no posee memoria colectiva, en lo que se refiere a historia social y política de un país, ha quedado claro que nuestro pequeño amiguito de dos patas, habilidades propias y un cerebro semi-desarrollado que le permite configurar y confeccionar procesos mentales básicos, olvida con facilidad y suma complacencia las palabras que otro individuo de su especie pronuncia una gran promesa de futuro común, como si se tratase del salvado que por fin resolvería la duda que corroe a la humanidad desde que ésta buscó cobijo espiritual en la creación de una divinidad.
Afortunadamente, la evolución continúa, y una herramienta tan útil como perversa llamada Internet ha conseguido al mismo tiempo acercar y distanciar a los individuos que hoy nos ocupan. Por este motivo, el titular de la cartera de Educación, ha basado sus esfuerzos desde el primer momento en lograr esta unión del estudiantado español contra él. Recordemos sus recortes en profesorado e inversión en la educación pública, y al mismo tiempo, una mayor inversión en actividades de ocio relacionadas con el trato (sin entrar a valorar el modo del mismo) de los toros.
Del mismo modo, y para no quedarse en tan pocas “medidas de ajuste”, el ministro metió la tijera en… ¡sorpresa!, la asignatura de Educación para la Ciudadanía, considerándola una materia de adoctrinamiento anticapitalista y marxista. He ahí otro ejemplo de hasta qué punto puede derivar un enfrentamiento que busque establecer el límite entre lo que el ser humano puede conocer por sí mismo y aquello que debe ser aceptado, aprendido y aprehendido por fuente divina.

La duda que asola la propia naturaleza humana le hizo cometer una nueva contradicción en sus palabras y actos, al afirmar que la movilidad de los estudiantes hacia países extranjeros constituiría una actividad de enriquecimiento cultural, y al mismo tiempo les permitiría aprender diferentes idiomas en sus respectivos países de habla nativa, y pocos meses después, su atormentado intelecto le conduciría a decir que la inmersión lingüística (manera eufemística para nombrar al aprendizaje de idiomas de forma intensiva) se conseguiría con mayor facilidad dentro del propio país (España) al disponer de todas las facilidades que podrían no tener en el extranjero.
Pero no sería la única vez que la duda racional humana, o irracional según convenga, harían del ministro Wert un ejemplo de por qué esta especie vive en constante búsqueda de una verdad fija, estática e irrebatible. Tras recortar en becas, subvenciones, ayudas, incrementar las tasas públicas haciendo más y más difícil conseguir el derecho a la educación (recogido en la Constitución española vigente), derivando en que muchos estudiantes tuviesen que compaginar estudios y trabajo (la mayoría mal pagados y en condiciones infrahumanas), o bien en que sin mayores posibilidades, éstos tuviesen que abandonar la carrera de sus sueños o un futuro prometedor, el personaje que hoy nos ocupa decidió dar una vuelta de tuerca a la movilidad de los que serán (o deberían ser, si Wert no se encarga de impedirlo) el futuro de este país.

Hace apenas una semana, semana y media, el titular de la cartera de Educación, Cultura y Deporte, decidió reafirmarse en su decisión de permitir a los jóvenes desarrollar su formación dentro de España, como una forma maquiavélica de transmitir el mensaje de que “en España, los jóvenes tienen estudios, trabajo y futuro”. O por lo menos así lo quiso creer él. Desde su trono tiránico erecto sobre una democracia moribunda y corrupta, decidió de forma unilateral, como dicta su naturaleza humana y superior, eliminar todas aquellas ayudas a estudiantes universitarios en Europa incluidos en el programa Erasmus, firmado y acordado por países y universidades del viejo continente.
Caprichosa la historia, quiso que esta vez, el que tenía poder se encontrase total y absolutamente solo, como el primer bípedo pseudo-racional que fue capaz de articular su primera palabra, pero que nadie pudo escuchar ni entender. A diferencia de eso, en esta ocasión todos lo entendieron, y fue eso lo que provocó el rechazo frontal de la comunidad estudiantil residente en el extranjero que veía cómo sus derechos eran mancillados, regurgitados y escupidos ante su atónita e incrédula mirada. De la noche a la mañana estaban en blanco, con humo en los bolsillos y en la cabeza, y en un país que no era el que les vio crecer.

Y no, no pudo. El poder se encontró con otro poder superior, el de Europa, el de los estudiantes reunidos contra su malvada decisión y el de su propio partido, que le puso el dedo índice en los labios para que no difamase sobre la raza humana e hiciese lo que a gritos se pedía: que diese marcha atrás.
Es notable el efecto que ha conseguido con este recorte fantasma que se quedó en limbo de los tijeretazos. Puede que con esta medida, Wert quisiese alimentar su ego, ya hinchado de por sí, para reafirmarse en sus convicciones racionales y dejar claro ante aquellos que considera inferiores, que su país no les pertenece, sino que ellos pertenecen a su país. Es probable, que quisiese crear en los jóvenes estudiantes Erasmus una conciencia cultural más amplia, hacerles comprender que si se quedasen en España, él tiene el poder sobre sus estudios, y que por lo tanto sería preferible permanecer al norte de los Pirineos o al sur del río Miño. Otra opción que se me antoja es que quisiese vanagloriarse de sus hitos históricos en la involución de la educación española y simultáneamente llenarse el bolsillo de euros y sueños rotos.
O… ¿es posible que quisiera convertir España en una cárcel de dimensiones nunca vistas y así impedir que el “cruel y dictatorial continente europeo” se llevase a los jóvenes talentos españoles?

Yo, como ser humano, también dudo, y también me queda la duda sobre qué ha querido conseguir con este circo de una sola función al que han asistido miles y miles y miles de espectadores. Desconozco lo que quiere cada uno de los especímenes de esta especie tan impredecible. Pero hay algo que es claro y evidente: lo que no les gusta es que se les obligue qué pensar, qué estudiar, dónde estudiar, cómo sentir España o cómo no sentirla, y cuál es su sitio en el mundo. Y desde luego, no les gusta que se les mienta, ministro Wert.

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