Virtudes y defectos

Virtudes y defectos

Escrito por Lilith el 21 noviembre, 2013

Lilith

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Hoy, nostálgica, he recordado uno de los cuentos que mi madre me contaba de pequeña y que no sé de donde salió. Lo comparto:

 
Por aquel tiempo Dios estaba creando el mundo. Creó la Luz y las Tinieblas. Creó el Cielo y la Tierra, el sol, las nubes, la hierba, los árboles, los animales, las virtudes y los defectos, y todos los colores que los definían. Pero faltaba algo y marchó rodeado por su séquito de ángeles a observar, a descubrir esa cosa que le faltaba a su gran obra.
Mientras tanto las virtudes y los defectos se quedaron solos y aburridos.

–          ¡Qué aburrido es este mundo! – se quejaba la Soberbia. – Seguro que yo lo hubiese hecho mejor.

–          ¡No! – gritó la Envidia.- Yo lo hubiese hecho mejor. Yo debía ser Dios y crear un mundo divertido.

–          Y ¿por qué no dejáis de discutir y hacemos algo para no aburrirnos? – pensó Inteligencia.

–          Yo no tengo ganas. – dijo la Pereza.

–          Tú siempre tan perezosa…

–          Dejemos a cada cual ser como es y respetémoslo que todos tenemos derechos.

–          ¡Libertad tiene razón! – exclamaron algunas de ellas.

–          Tengo una idea – intervino la Sabiduría. – Juguemos todas juntas al escondite y así nos haremos amigas.

Y como a todas les pareció bien, jugaron al escondite.

–          ¡Yo me la quedo! – Gritó la Locura y nadie se atrevió a llevarle la contraria.

Mientras contaba hasta cien con los ojos cerrados todas corrieron a esconderse. La Pereza se sentó tranquilamente tras un árbol y allí se quedó dormida. La Libertad voló hasta meterse en una de esas blancas nubes de algodón que hacían cosquillas y tuvo que taparse la boca para aguantar la risa y no hacer ruido.

–          ¡Ahí me iba a esconder yo! –  La Envidia se cruzó de brazos enfadada.

La Belleza corrió a esconderse entre unos preciosos rosales. La Inteligencia encontró un buen sitio en el hueco de un gran roble. La Soberbia quiso esconderse detrás del sol.

–          ¡Que te quemas! – la avisó la Sabiduría.

–          No, yo soy mejor que todas vosotras y él sol me quiere más por eso no me va a quemar.

Pero debería haber hecho caso a la siempre sabia Sabiduría, pues se quemó y tuvo que meterse en las frescas aguas de un río, encontrando allí su escondite.
Y así se fueron escondiendo todas. Ya sólo quedaban la Envidia y el Amor, cuando el segundo vio un haz de paja y se metió dentro.

–     ¡Yo lo he visto primero! – se quejaba otra vez la Envidia. – ¡Me has quitado mi sitio!

–     … Noventa y ocho, noventa y nueve y cien… ¡Ya voy! – terminó de contar la Locura. Y la Envidia se escondió rápidamente tras un rastrillo que había junto a la paja.

La Locura se dio la vuelta y empezó a buscar.

–          ¡Por Pereza que está detrás de ese árbol!

–          ¡Jo! Me había quedado dormida.

La Locura siguió andando cuando de repente alguien gritó y salió rodando de entre los rosales.

–          ¡Ay! Me he pinchado – lloraba la Belleza.

–          ¡Por Belleza! – Gritó la Locura. – Pero ¿por qué te has escondido ahí? ¿No sabes que pincha?

–          Sí, pero es que son tan bonitas las rosas…

Y así entre risas y bromas la Locura fue encontrándolas a todas poco a poco.

–          ¡Por Envidia! – Todas miraron hacia aquel rincón pero la Envidia no salió.

–          ¡Envidia sal que se te ve por los lados del rastrillo!

La Envidia salió enfadada y refunfuñando como siempre porque le habían quitado todos los mejores sitios que ella decía haber visto primero.

–          Ya sólo queda el Amor ¡Qué bien se ha escondido!

Envidia, celosa por no haber encontrado hueco entre la paja, indicó por señas a la Locura el lugar en que se encontraba el Amor.

–          ¡Ajá! ¡Ya sé dónde estás! – la Locura emocionada cogió el rastrillo y empezó a pinchar entre aquel montón de paja.- ¡Sal de ahí! ¡Sal de ahí!

–          ¡Ay! – se oyó un grito tan fuerte que todas quedaron en silencio.

El Amor salió de su escondite llorando.

–          ¡Me has dado en los ojos! ¡Me duelen mucho! ¡No veo nada! ¡Me he quedado ciego!

–          ¡Vaya loca esta Locura!

–          ¿Qué has hecho?

–          ¿Por qué no piensas en las consecuencias?

–          Pobrecito…

Todas corrieron a abrazar al Amor y a consolarlo. La Locura, sintiéndose culpable y muy arrepentida, se ofreció a ayudarla y ser su lazarillo.

 
Desde entonces el Amor es ciego y está guiado por la Locura.

 

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