Molitva

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Escrito por Diego Pérez el 14 noviembre, 2013

Diego Pérez

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Una de los axiomas universales, tan incómoda y desesperante como ineludible, es el progresivo y visceral despedazamiento del que ha sido objeto el individuo a lo largo de la historia de la humanidad. Desde que los seres humanos inventaron y desarrollaron el trueque de bienes y servicios en los albores de nuestra civilización, su propia existencia se ha convertido en un producto más, susceptible de ser capitalizado y comercializado.

En la era actual, las personas han puesto precio a cada una de sus cualidades inherentes como raza “pseudo-racional”, sustituyendo estas por todo tipo de bienes materiales, cheques al portador o fajos precintados de pequeños fragmentos de papel estampados, cuyo único valor es el que el propio individuo le ha otorgado por convención. ¿En qué punto abandonamos, precisamente por esta canallada, la integridad de la persona como espécimen perteneciente a una supuesta raza superior a cualquier otra de las que pueblan el planeta azul?

En innumerables comentarios provenientes de personas de toda clase, aparecen con frecuencia, y en la relación a la cuestión anteriormente expuesta, referencias al verbo “vender” aplicado a los propios individuos de esta especie bípeda, así como derivados morfológicos (“vendidos”) o semánticos/metafóricos (“mercenarios”, “esquiroles”, “traidores”), siempre con un marcado carácter peyorativo.

Pero escrutando entre los recovecos de estas palabras, cargadas con un potente y más que claro componente subjetivo y negativo, hallo pequeños cabos sueltos que deberían ser analizados y clarificados antes de proferir valoraciones respecto a las decisiones de cada uno sobre sí mismo. Ciertamente, se trata de un trueque, sin embargo y como especie única (tanto en el sentido denotativo como en el connotativo) que constituimos, este intercambio está condicionado por una singularidad: uno de los participantes en este cambio es, a la vez, comerciante y objeto comerciado.
Teniendo en cuenta esta sencilla premisa, podemos llegar a una conclusión cuando menos interesante y es que en realidad el ser humano es una posesión en constante movimiento, adquirida por otro miembro de su misma especie, y por lo tanto, sus pertenencias pasan a ser propiedad de aquel al que se entrega.

Ningún individuo, por lo tanto, se vende o es vendido. Se regala, se ofrece o se entrega. En resumidas cuentas, pierde cualquier control o poder propio que pudiese tener.

Esta reflexión ofrece un panorama verdaderamente desolador para el ser humano como perseguidor de sueños y cazador de ilusiones. El destino de cada uno de los especímenes que componen la especie más activa que ha pasado por la faz de la Tierra, yace en manos ajenas desde el momento en el que, explícita o implícitamente, renunciamos a aquello que nos confiere nuestra humanidad: esto es, nuestra compleja e indescifrable maquinaria racional e irracional, pasamos a convertirnos en simples aviones de papel, cuyo paradero solo dependerá de la suavidad o virulencia con la que sople el viento que nos arrastre.

Por lo tanto, el destino es un derecho que la raza humana ha menospreciado al deshacerse de él, al encadenarse de pies y manos, con los grilletes inquebrantables de su codicia e ignorancia.
Lejos del tono pesimista que este artículo ha ido adquiriendo a lo largo de las palabras, líneas y párrafos, y a modo de oración (tómese la acepción principal de la palabra, carente de cualquier tinte religioso) me agradaría poder convencer a cualquier lector de que tan trágica es la situación anteriormente descrita, como posible puede resultar la solución a esta abominación contra la especie humana, para así recuperar el control que históricamente arrojamos por la borda.

La alternativa es al mismo tiempo sencilla de comprender, pero difícil de llevar al terreno práctico: volver a ser puramente humanos. Liberarnos de la cosificación voluntaria que aceptamos tácitamente desde que aprendimos a relacionarnos entre nosotros. No debemos renunciar a lo que nos hace ser distintos, debemos conservar nuestra riqueza y heterogeneidad, ser dueños, amos y señores de nuestro universo interior, desproveyéndonos de cualquier límite o frontera que nos detenga y rechazando cualquier tipo de dependencia de agentes exteriores, puesto que estos solo se moverán impulsados por sus propios intereses.

El individuo que acepta su carácter de objeto capitalizado firma, al mismo tiempo, su sentencia de muerte. Fallece como ser humano completo, y su destino, totalmente fuera de su control, tomará el rumbo que le sea indicado y establecido.

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