ERE 2.0

ERE 2.0

Escrito por Princesa Arwen el 7 noviembre, 2013

Princesa Arwen

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ERE 2.0. por Princesa Arwen

Vivir un ERE en la época de las nuevas tecnologías y con la Reforma Laboral reciente puede ser una combinación peligrosa. Y eso que se supone que en la era de las comunicaciones todo parecen ventajas. Yo misma, y aunque no sea típico de princesas, me levanto al alba y pierdo un poquito de tiempo enredando con las redes sociales. Me gusta empezar con Facebook, para continuar por Instagram, Twitter, Linkedin y últimamente estaba intentando coger el truquillo a Pinterest. Allí están todos, los que se definen, y los que nos difuminamos. Tenemos a Mario, dando cera a todo orco que se le pone por delante, en especial a los antiguos directivos de su banco. Mi querido padrino, incombustible, enarbolando la bandera de la marea blanca. Otros, como mi amiga Alba, firma finiquitos en empresas basura con una mano y con la otra clica de forma compulsiva “me gusta” en páginas de moda para despistar sobre sus inclinaciones políticas. Cada uno en la red tiene su perfil. Yo no sé dónde encajar, ni me importa. Me gusta colgar canciones en Facebook y hacer algún comentario aislado para mantener contactos imposibles con amigos a los que no veo hace siglos, cotilleo en páginas de moda en Instagram, y uso Linkedin y Twitter para mantenerme al día en cuestiones más profesionales. Evito cualquier alusión, personal o política. Al fin y al cabo, solo soy una princesa cualquiera, como muchas de las que hay en este país.

Pero vayamos por partes que me embalo, y yo os quería contar algo sobre los ERE y la tecnología. Para empezar, ya no se llama ERE, sino Despido Colectivo, ¿Cómo os quedáis? Pues ni más ni menos significa que con la última reforma laboral, se agiliza tanto todo el proceso que, en un abrir y cerrar de ojos, una empresa lo puede llevar a cabo sin la llamada autorización administrativa, y además, con las llamadas causas objetivas, sale el despido a un precio mucho más atractivo para el empresario que cuando se llamaban ERE. De esto, me enteré de rebote en mi clase de Gestión Laboral del Master que estoy cursando en una Escuela de Negocios. ¿Por qué un Master? O mejor dicho, ¿Por qué un segundo Master siendo ya cuarentona asentada y princesa? Pues para ser sincera, maldita gana tenía de ponerme a estudiar a estas alturas algo que me aburre soberanamente, pero tal y como venían los tiempos, decidí reciclarme y apuntarme a un MBA para empaparme del llamado Business Administration. Y ahí estaba yo, en una clase con más cuarentones de los que se pudiera desear, sudamericanos y alguna que otra princesa.

Mi profesor decía que en España éramos unos privilegiados, y que teníamos un sistema de protección al desempleo que no era normal en Europa, y ya no digamos en Estados Unidos, ni en el resto de la Tierra Media. “Qué cosas”, me dije, yo pensaba que el llamado subsidio ese que cobraban los ingleses en la película Full Monty de por vida era mucho más proteccionista que el nuestro. Pero claro, debe ser que en Inglaterra los desempleados son lo suficiente proactivos y honrados, y se deben dedicar “full time” a buscar trabajo. Decidí no interrumpir la clase con esta incertidumbre y apuntármelo para mirarlo en mi palantir al llegar a casa, por pura curiosidad (luego acabé mirándolo en Internet, que la bola cada vez tiene más interferencias). A mí, algo me sonaba del llamado asistencialismo inglés, que había causado que generaciones de familias cobraran el desempleo y no trabajaran nunca, además de provocar miles de embarazadas adolescentes que solo buscaban casa y prestaciones desde muy temprana edad. Se me fue la cabeza por unos momentos recordando alguna peli y aguanté una sonrisilla al rememorar el desternillante “Café Irlandés” de Stephen Frears, pero se me congeló de inmediato al acordarme de las otras no tan simpáticas de Kean Loach. Como aquella, “Lloviendo Piedras”, que mostraba el estado lamentable en que quedó la clase trabajadora en Inglaterra tras el paso de la antigua servidora de Sauron, la Dama de Hierro. Pero bueno, que me voy. Lo dicho, si el profesor insistía en que en España éramos privilegiados, él sabría, que para eso él era profesor y yo alumna, y encima, princesa.

Volví a prestar atención a la clase, e intenté enterarme de todo lo que decía el profesor, muy egoístamente, todo hay que decirlo, ya que no solo tenía que aprobar la asignatura, sino que yo misma, junto con la mayor parte de la gente que conocía, estábamos viviendo en carnes propias algún ERE (me importa un pimiento cómo lo llamen ahora). El mío, en concreto, de los más brutales que se han sufrido en España, y que hacía que las princesas nos sintiéramos amenazadas.

Avanzando en los pasos que deben seguirse para la tramitación de un ERE, el tema de la comunicación a mí me tenía especialmente fascinada. Se supone que cuando te despiden, tiene que haber una comunicación efectiva por parte de la empresa. Esto me llamó la atención, y no me sonaba que se hiciera así, pero tampoco lo podía contrastar fehacientemente, ya que otro de los efectos colaterales que tiene un ERE en los trabajadores es que los que quedan pasan más tiempo cuchicheando, enredando e intrigando, que trabajando en sí. Y los pocos que no lo hacen, es porque están tan absolutamente aterrorizados, que van puestos hasta las cejas de lexatin, orfidal, y otras sustancias legales para aguantar el tirón. Como dicen los gurús de los Recursos Humanos, no es que sea un clima laboral ideal el que se vive en esos momentos, y por si fuera poco con la que está cayendo, tienes que luchar con la puñalada trapera que te tienen preparada en cualquier momento. La verdad, aquí ya no se sabe quién es elfo o quién es orco. Con lo cual, la productividad, y los ratios de eficiencia, deben dar pena, y el orgullo de pertenencia, supongo que será nulo. En conclusión, no curra ni el tato: unos, porque ya no pueden, y otros, porque están demasiado ocupados al acecho de una silla disponible. A lo que iba, pues dice Radio Macuto, que el empleado de Recursos Humanos, pobre hombre, no da abasto, llama a una delegación y comenta: “Puri, avisa a todas las personas de tu zona para que se vayan acogiendo al ERE. No hay nada que hacer, lo siento. Pero, oye, antes de irte, hazme un favorcito, me dejas la silla ergonómica esa que tienes. ¿Sabes? Es que me va a venir muy bien para la lumbalgia, que a ti también te toca, guapetona”. Esto ocurre cuando hay suerte, y no les “toca” enterarse vía whatsapp de grupo, que debe decir algo así como “Se comunica que por causas objetivas tenéis que ir pensando en acogeros voluntariamente al ERE, que de no ser así, encima cobras menos.”

Continuando con la clase, mi profesor también nos contaba que la tradicional protección que tenía la maternidad en nuestro país queda congelada en un ERE. Y dice que es normal, ya que la anterior normativa provocaba tantos abusos por parte de las madres, que había tenido un efecto contrario, ya que el empresario se había vuelto reticente a contratar mujeres (a no ser que juraran ante la Biblia castidad, o se les hubiera pasado el arroz sin tener hijos). Al instante, me vino a la mente una chica de mi planta. Ana se llamaba, que recién reincorporada de la maternidad, llevaba dos meses sin trabajo ni destino fijo sentada en una mesa. Callada, dopada, sin llamar la atención para que, por si colaba, no se dieran cuenta de que estaba allí, y el ERE le pasara desapercibido. A mí me recordaba a una peli que vi de la Guerra de Secesión norteamericana donde había un soldado del sur que se hacía el muerto entre los cadáveres mientras a su lado los soldados del norte recorrían el campo de batalla. Ana no tuvo la suerte del soldado y su actitud resultó infructuosa. Recibió vía email a las 14.56 de un viernes la temida comunicación, diciéndole que ya no viniera el lunes. Ella solo consiguió hablar con un buzón de voz, y los correos le respondían con un “Out of the Office”, que para esto somos de un inglés que da gusto. Temeraria ella, se fue como alma que llevaba el diablo a la planta de personal preguntando por Recursos Humanos, ya que la comunicación venía de un buzón general y no sabía a quién dirigirse. La planta estaba desierta. “¿Dónde están los de personal?” — preguntó a la limpiadora — “Ni idea, creo que ahora trabajan desde otro lado”. Por eso, se rumorea que hoy en día en las empresas, los viernes son especialmente intranquilos y hay quien se va incluso antes, alegando urgencias médicas ineludibles, y deja el “Out of the Office” programado para tomar delantera.

Ese día ya no podía más con la clase, que no podía evitar llevar a mi terreno, y me dediqué a escuchar sin pensar, entrenamiento en el que había adquirido mucha habilidad últimamente: no pensar. El profesor disfrutaba en su alegato de que en España habíamos vivido muy bien y que ahora había que ajustarse. Empecé a sospechar que aquel hombre trajeado era, ni más ni menos, el mismísimo Sáruman disfrazado. Y entonces, hice un esfuerzo para evitar pensar en la pasta gansa que me retienen todos los meses para seguridad social e IRPF, e hice un esfuerzo en no lamentarme por saber a dónde habían ido estos años los miles de millones que a todos los curritos, e incluso princesas, nos retenían. Luego por lo visto no había suficiente para que lo pudiéramos recuperar vía prestación, ya fuera de desempleo, sanitaria o pensión. Sáruman elevaba la voz, y se le iba poniendo una cara de orco que tiraba para atrás, al contarnos que había sinvergüenzas autónomos que no declaraban y que lo peor para el país era la cantidad ingente de economía sumergida que había. “Si, y blanqueo de capitales, no te jode este… , murmuré para mí misma. Pensé en Puri, en Ana, en Mario, en mi padrino, en Alba. Pensé sin más. Se acabó la clase sin que yo hubiera abierto la boca ni para dar mi opinión, ni para decir dónde trabajaba, ni para preguntar. Al fin y al cabo, solo soy una princesa, poco puedo hacer.

Princesa Arwen

Octubre 2013

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