El arte verborreico o la persistencia de Platón

El arte verborreico o la persistencia de Platón

Escrito por Diego Pérez el 13 noviembre, 2013

Diego Pérez

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¡Qué bonito es echar la vista atrás en el tiempo! … y de vez en cuando darnos un buen chapuzón en el mar inmenso de nuestra memoria, observar el nado veloz e indeterminado de nuestros recuerdos, como pequeños pececillos agrupados en un inmenso banco, amenazados por las feroces fauces del tiburón del olvido. A veces, para evitar que esto ocurra, debemos alimentarlos y protegerlos yendo a los soportes físicos y materiales, ya sean libros de texto, hojas de cuadernos arrancadas y garabateadas, o fotografías de un tiempo pasado en el que un álbum de fotos no cabría en un pequeño artilugio del tamaño de un mechero.

Mis manos apartan hojas y hojas de viejos apuntes hasta llegar a una perla que, con el paso de los años, habría ido cobrando un significado especial para mí: una vieja libreta con una etiqueta adhesiva en la tapa frontal que decía “Filosofía”. Desde mi sofá bermellón con un vaso de frappé en la mano, la enésima delicia culinaria de nuestros vecinos helenos, recuerdo las ingratas e indigeribles lecciones que sufrí en mi primer año de bachillerato. Se me antoja imposible ser capaz de trasmitir las enseñanzas y modo de pensar de los filósofos clásicos, cuando ni el propio maestro demuestra tener un interés firme, o un conocimiento razonado de aquello sobre lo que está disertando. Muchos de ellos, ni siquiera sabrían qué contestar si fuesen cuestionados acerca del método socrático, pues para conocer en qué consiste el mismo, deberían hacer un ejercicio de introspección previo y aplicarse aquel conocimiento en el que presumiblemente creen.

Mientras hojeo el cuaderno en cuestión, me llama la atención una de mis partes preferidas de la filosofía clásica griega: Platón, cuya aportación al amor por la sabiduría, al margen de las evidentes pruebas físicas como la Academia, que corona el centro de Atenas, sigue estando perfectamente actualizada, siendo aplicable en numerosos ámbitos de conflicto actuales.

Cuatro palabras, rodeadas por trazos en rojo y azul, marcaban la importancia de las mismas entre el batiburrillo de frases que poblaban la página del cuaderno: caos, demiurgo, ideas y espacio. Un ejercicio de asociación lógica me hizo descifrar el código gráfico que eran mis apuntes de primer curso, tomados por la diestra de aquel joven barbilampiño, inocente y falto de sueños. El demiurgo, presumiblemente una deidad, intentaría reproducir la perfección y pureza de todas las ideas usando la materia caótica de la que disponía y disponiéndola a su vez en el espacio.

Más de un filósofo contemporáneo, profesor, estudiante, entendido sobre la materia o cualquier lector que no estuviese de acuerdo con esta concisa definición, maldeciría mi osadía y pedantería al condensar tan amplio y extenso pensamiento filosófico, quedando reducido a una frase corta y simplona. Antes de crucificarme, solicito mi indulto recalcando que, el hecho de resumir tan densa sapiencia en un par de renglones responde a un fin metafórico, no didáctico, ni filosófico, ni religioso. Simplemente una metáfora para reflexionar sobre un tema que introduciré más adelante.

Es asombroso ver cómo la historia se repite siglo tras siglo, año tras año e incluso con el paso de los días. En ocasiones esta reiteración de acontecimientos constituye algo positivo, beneficioso y enriquecedor, mientras que en otras, se vislumbra la confirmación de que el ser humano es el único animal capaz de tropezar dos veces en la misma piedra. Debates que parecían cerrados o vistos para sentencia antaño, vuelven a reabrirse con más fuerza.

Y con una sociedad cada vez más mediatizada y alienada, el flujo de información, opiniones, comentarios… es prácticamente imposible de detener.
¿He dicho información? Pido perdón por segunda vez, pretendía referirme a lo que comúnmente se le llaman “noticias”, aunque podrían llamarse “cuidadosas e impactantes recreaciones de una realidad pasada”. El innumerable depósito de fuentes hace imposible que los miembros de una comunidad posean un conocimiento homogéneo, y al mismo tiempo dificulta sobremanera la ardua tarea de verificar las palabras que pululan por nuestra sesera antes de darles rienda suelta hacia nuestras cuerdas vocales.

Pero el tema que viene a mi mente en la noche de hoy es uno de gran extensión: el arte convertido en un objeto propenso a ser capitalizado. En la actualidad, es frecuente encontrar noticias acerca de querellas contra individuos, sociedades, compañías, etc., acusados de utilizar de manera “ilegal” las creaciones de otros individuos, grupos (…), al obtener un beneficio económico, sin abonar la cantidad proporcional correspondiente a quien dio a luz a la obra creada en cuestión. Fuera SGAE, autores, editores, piratas, y demás integrantes del circo que es hoy en día la gestión de los “derechos de propiedad intelectual”. Ninguno de ellos tiene cabida entre estas líneas.

En primer lugar, me gustaría centrar la atención en un término que a mi modo de pensar, se ha utilizado y utiliza de forma errónea, que es el verbo “crear”. Si nos remitimos al pensamiento platónico expuesto anteriormente, el proceso de la creación sería llevado a cabo por una entidad divina y, por lo tanto, superior a cualquier otro ser. Las personas mencionadas en este tipo de acusaciones no responden a esta definición puesto que, en primer lugar, son seres humanos pertenecientes a la misma especie común y por lo tanto limitados por los mismos obstáculos inherentes a la raza. El segundo punto sería el que remite al hecho en sí de crear, el de tomar una materia caótica, sin forma, estructura, orden o jerarquía y otorgarle un sentido y unas directrices para que cumplan el objetivo del demiurgo. En este punto también falla el razonamiento actual, puesto que las herramientas de las que disponen los individuos (salvando el evidente escollo de la componente capitalista a la hora de obtener estos utensilios) son idénticos y ofrecen el mismo rango de opciones y posibilidades para todos; el único elemento que diferencia las obras es el mismo que hace que cada humano se diferencie del resto: el componente irracional inseparable a nuestra especie.

El destello de la filosofía de Platón ha arrojado luz sobre la civilización clásica, y todavía lo sigue haciendo con un pequeño y tenue haz luminoso, disipando las sombras de un concepto oscuro y envuelto en una niebla de ambigüedad como es la “propiedad intelectual de una creación artística”. Con este artículo NO (y remarco el mayúsculo NO) defiendo ninguna postura ante la actual situación de este ámbito social, ni hacia un lado ni hacia el otro, puesto que ambas parten de premisas erróneas. Tan equivocado me parece “condenar a una persona por haber descargado de forma ilegal una obra de un artista”, como permitir la “libre y gratuita difusión y adquisición del arte”. Lo que pretende este comentario reflexivo es profundizar en la necesidad imperante de aclarar los conceptos, utilizar definiciones precisas y certeras para saber a ciencia cierta qué es lo que buscamos y cómo podemos conseguirlo.

El analfabetismo y el oscurantismo lingüístico son las armas que utilizan aquellos que temen a la verdad, y que dedican sus esfuerzos a evitar que esta salga a la luz, cubriéndola así con un manto de sofismas y verborrea crónica.

No caigamos en esa trampa. Echemos la vista atrás de vez en cuando, y rebusquemos por las viejas cajas que pueblan nuestros trasteros. Puede que en ellas encontremos algunas de las respuestas que buscamos.

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