Viaje 1

Viaje 1

Escrito por Paco el 2 septiembre, 2013

Paco

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Conocimiento.

Es una de las metas que el ser humano persigue durante todo su desarrollo evolutivo. El conocimiento nos hará fuertes (eso creen), el conocimiento nos hará libres (una auténtica paradoja de la que el hombre apenas es consciente). Conocimiento…

Nunca nada fue tan perseguido y a la vez tan desconocido. El ser humano tiene la certeza (la esperanza, sería el término correcto) de que todo es racional, de que el universo sigue unos patrones que podemos seguir y que por ello podemos predecir. Por eso buscamos de esta manera tan salvaje el conocimiento, porque en el fondo queremos un mundo estable. Sin sorpresas. Pero siento deciros que no hay nada más lejos de la realidad. La constancia es una ilusión, y la razón es simplemente un placebo. Por eso estamos aquí. Por eso estás aquí.

Y respecto a esto… ¿Dónde estás? Dejadme el honor de responder. Estáis En la Nexus 4. Una nave espaciotemporal capaz de trasportarnos a cualquier cuándo, y por supuesto a cualquier dónde.  ¿Y quién soy yo, te preguntarás? Pues no soy más que un prototipo de inteligencia artificial, un cúmulo de logaritmos capaz de desarrollar una conciencia emocional.  Podéis llamadme DIR.

Demasiado para unos pocos minutos. ¿Eh? No te preocupes. Poco a poco nos iremos conociendo. Ahora vamos a hacer nuestro primer viaje. ¿Hacia dónde? Muy bueno chaval, eso no podría predecirlo ni con una interfaz de extensión exponencial de memoria. Sólo te puedo asegurar una cosa. Voy a demoler tu concepto de conocimiento. Así que ponte cómodo, todos los protocolos están operativos. Te aconsejo que cuentes tus extremidades. Saltamos en tres, dos, uno… ¿Te he dicho que cuentes tus extremidades? ¿Sí? Bueno, pues hazlo de nuevo. Sólo por precaución. Agárrate.

Nos vamos.

Bueno, ya hemos llegado. ¿Qué tal tus extremidades? ¿No te falta ninguna no? Ni tampoco tienes de más ¿Verdad? Pues entonces el viaje ha salido bien. ¡Perfecto! Déjame ser el primero en darte la bienvenida al año 1939. Estamos en Varsovia, capital de Polonia, y dentro de unos meses la Alemania Nazi conseguirá abrir brecha e invadir este lugar. Por ahora Polonia tiene el enemigo a sus puertas y la furia del atacante como la resistencia del defensor atroz.

Hoy parece que es uno de los pocos días tranquilos. ¿Ves a ese hombre sentado en unos escombros fumándose un cigarrillo? Su nombre es Bartolomeij y si te fijas en el polvoriento traje de soldado lleno de remiendos, te darás cuenta de que estás contemplando a un hombre que ha hecho de la batalla una costumbre. Sin embargo no le malinterpretes. Odia la guerra con toda su alma. Cada vez que su pistola o su cuchillo rebana una vida, siente que la suya está un poco más podrida. No entiende esta batalla, no entiende por qué se tienen que matar, Para él la guerra es el ejemplo perfecto de la decadencia más absoluta del ser humano. No son pocas las ocasiones en que después de rematar a un enemigo moribundo en el suelo, ha estado a punto de apoyar el arma contra su propia sien y escapar de todo aquel horror.

No. No puede entender la guerra. No puede entender por qué su mujer y su hija tuvieron que morir en el último bombardeo alemán. Su hija, a la que le encantaba salir a buscar flores para que su padre le hiciera preciosas coronas. Sin duda era una auténtica princesa. Y su mujer, que dibujaba en su espalda cientos de frases de amor con sus propios dedos…Tuvo que recoger sus cuerpos con una pala. Sin embargo no odia a los alemanes. No odia al hombre que apretó el botón y arrojó la bomba sobre su hogar. No. El sólo era un soldado más que seguía órdenes, y que estaba tan perdido como el mismo Bartolomeij. A quienes verdaderamente odia son a las manos que mueven los hilos de todo este conflicto. A las figuras bien vestidas que nunca entran en batalla, ni tienen que mancharse las manos. Odia a los titiriteros.

Ahora está tarareando una antigua canción y aunque a penas le importa, ignora que morirá en el próximo asalto alemán por un disparo por la espalda. Sin embargo, eso es lo que debería pasar, no lo que pasará.

Mira. Fíjate bien en ese hombre que esta bajando por la calle vestido con una chaqueta vaquera y unos pantalones tejanos. No pega con el lugar, ¿verdad? Eso es porque no es de este lugar exactamente.

Es el ruido de las botas vaqueras contra el suelo de piedra lo que saca a Bartolomeij de sus pensamientos y le hace mirar. Es evidente la sorpresa en su rostro, pero el extraño continúa acercándose con una amplia sonrisa. Hablan durante un rato, y el joven soldado de Polonia no puede retener su asombro cuando aquel hombre que parece haber salido de algún rincón profundo de Texas comienza a contarle cosas de su pasado que jamás había revelado a nadie. Cosas de la vida de Bartolomeij que ya había olvidado y cosas que juró nunca recordar. Incluso le cuenta que dentro de dieciséis días morirá cuando los alemanes consigan tomar por fin Polonia. Y este extraño hombre le hace una oferta a Bartolomeij. Puede quedarse aquí y morir irremediablemente como esta escrito, o puede ir con él y formar parte de algo más importante que esta guerra. Algo para lo que ha sido elegido y que puede cambiar las bases de todo lo establecido. Nadie lo echará de menos cuando Varsovia caiga bajo el Tercer Reich.

Nos vamos de nuevo. Ahora estamos en un lugar del sur de Estados Unidos. Más concretamente en Luisiana, más concretamente en una cárcel de máxima seguridad. Más concretamente en la celda de Edwart Chance, un hombre de color que espera su turno para sentir el abrazo de la silla eléctrica. Es el 16 de agosto de 1963 y su muerte está fijada justo para dentro de un mes. ¿Que por qué está aquí este hombre? Fácil. Era un terrorista que había asesinado a cinco políticos con una bomba. Para la ley era un criminal, para muchos otros el único que tuvo huevos a hacer lo que todos querían. Míralo, sentado en la destartalada cama de su celda, pensando en la muerte, igual que ha hecho durante los últimos dos años. No le importa morir, en cierta forma lo desea. Se lo quitaron todo. Su casa, su dinero, su familia… No hay noche en que las pesadillas no lo atormenten. Recuerda aquel día claramente, como si se hubiera repetido infinidad de veces (lo que para él es cierto).

Le habían avisado por escrito varias veces. Le pedían de una forma amable y educada que abandonara su casa, que al parecer interfería con la construcción de una nueva autopista. Las palabras de las cartas siempre eran cordiales, nunca le faltaban al espeto, pero Edwart sabía que escondida entre los renglones, oculta detrás de los formalismos, se encontraba la amenaza. Y eso era algo que no le dejaba dormir por las noches. No le daban ninguna opción, no hacían esfuerzos por realojar a su familia. Simplemente le pedían que se fuera.

En una ocasión le habían parado dos hombres muy bien vestidos y le habían pedido de nuevo que abandonara su casa, ahora de una forma menos cortés: rompiéndole la mano por dos sitios. Eso le hizo pensar seriamente el irse de su hogar, sin embargo era lo único que tenían. Él trabajaba en una tienda de zapatos y no ganaba mucho dinero. Tenían grandes dificultades para llegar a fin de mes y si abandonaban la casa se encontrarían en la más absoluta pobreza.

Ocurrió un día que venía de trabajar. Su trabajo estaba lejos y no tenía coche ni ningún otro medio de trasporte. Oyó un gran estruendo y parecía proceder del lugar donde se encontraba su casa. Nunca olvidará esas primeras sensaciones. Cómo notó su sangre helarse en un instante y como un cuchillo al rojo vivo desgarró sus entrañas. Comenzó a correr como alma que lleva el diablo. Lo tiró todo al suelo. La comida que había comprado, las herramientas del trabajo… Tardó siente minutos en llegar, siete largos y horribles minutos, y cuando lo vio calló de rodillas al suelo y creyó volverse loco de dolor.

No avisaron esta vez. No mandaron a alguien para negociar….

No esperaron a que salieran de la casa.

Ahora está pensando en todo en todo eso y por eso no es consciente de la figura vestida de pantalones tejanos y chaqueta vaquera que sonríe. Es cuando el hombre se acerca a Edwart cuando éste repara en su presencia. Al principio piensa que es la misma muerte que ha vestido a visitarlo, pero después piensa que la muerte no vestiría como un cowboy del sur de Texas. Hay un extraño tiempo de silencio en el que Edwart se atreve a dudar de su cordura, pero tras un tiempo, el desconocido ofrece la misma oferta que hizo a Bartolomeij 24 años antes. Las autoridades explicarán este hecho como una fuga, sin embargo jamás podrán explicar cómo la puerta continuaba cerrada desde fuera.

Saltamos de nuevo. ¿Dónde estamos ahora? ¡Ah sí! Nos encontramos nada más y nada menos que en España, en una de las playas de Almería. Es el año 2007 y ese hombre que camina por la orilla con las manos metidas en los bolsillos y la mirada perdida en el horizonte es Samuel. Parece una de esas imágenes que salen en las postales, ¿eh? Un hombre solitario caminando por una playa vacía. No le importa que las olas más fuertes mojen sus zapatos. Cuando hace menos de una hora que acabas de matar a tu padre, estas cosas carecen de importancia.

Mira, aún tiene las manos manchadas de sangre seca y todavía sostiene el cuchillo con el que lo ha hecho. En este momento toda la policía de su ciudad lo esta buscando y dentro de pocos minutos los coches patrulla aparecerán por el borde de la playa, lo rodearán y lo encerrarán el resto de su vida en una sucia cárcel. Él no se resistirá, dejará que los perros policías se abalancen sobre él y que las porras de los agentes tengan sus momentos de diversión secreta con su cuerpo antes de que finalmente lo esposen y se lo lleven.

Pero Samuel no tiene miedo. Esta muy tranquilo, disfrutando de un bello atardecer y pensando en su madre que en paz descanse. Él más que nadie sabe lo que es el miedo. Su infancia fue un dibujo dantesco y horrible, de esos que preocupan a los psicólogos infantiles. Muchos niños temen a los demonios que se esconden debajo de la cama, a los demonios que viven en el armario…No. Él temía a otro demonio mucho más cercano. Un demonio que a veces podía arroparlo por las noches y al que en ocasiones podía llegar a querer con toda su alma.

Él temía a su padre.

Pero su padre no siempre era malo. En ocasiones podía abrazarlo y llorar de felicidad, podía esperar en la cama a que viniera y le contara un cuento antes de besarle en la frente y dejarle dormir. En esos momentos podía ser el niño más feliz del mundo. Pero era cuando su aliento apestaba a alcohol cuando se convertía en esa figura negra y gigantesca que el dibujaba entre lágrimas.

Recordaba aquel día en que Samuel tenía 7 años. Su padre llegó a casa una noche lluviosa y madre supo al instante que había estado bebiendo. Le a Samuel que se fuera inmediatamente a su cuarto, pero a pesar de estar allí dentro y que el se tapaba los oídos, pudo oír los golpes que su madre recibía. Hasta ese día su madre había esto embarazada.

Un día con catorce años, cuando su padre le había dejado marcada la hebilla del cinturón en la espalda, decidió que no podía seguir viviendo en esa pesadilla y se escapó de casa. Fue un cobarde. Dejó sola a su madre cuando él era el único motivo para vivir que ella tenía. La abandonó con ese monstruo. Quizás por eso murió al año siguiente. Porque ya no tenía nada.

Vivió como pudo tirado en la calle, durmiendo en cajeros y tapándose con cartones. Pero las pesadillas no le abandonaron. Quizás fue su penitencia por lo que le había hecho a su madre. Y un día, un día normal 13 años después, se levantó de su cama en la comuna donde vivía y cogió uno de los cuchillos sucios y oxidados. Se presentó en su antigua casa, llamó y su padre le abrió la puerta. Él le reconoció. Era uno de esos días en que estaba sobrio. Sonrío con una de esas sonrisas que ponía cuando le leía cuentos y le abrazó. Le siguió abrazando cuando Samuel comenzó a apuñalarlo. Besó una y otra vez la mejilla de su hijo mientras él enterraba la hoja en su estómago. No trató de huir, no trató de impedirlo. Simplemente le rodeó con sus brazos mientras su hijo le arrebataba la vida. Lo último que dijo antes de caer al suelo fue: Perdóname.

Samuel lloraba como cuando era pequeño y antes de marcharse, se agachó y le dio un beso en la frente a su padre.

Ahora ya puede oír las sirenas de los coches de policía que se aproximan. Deja caer el cuchillo sobre la tierra mojada y es en ese momento cuando se da cuenta que hay un hombre a su lado sonriendo. Lo primero que le dice es que ha hecho lo correcto. Ya sabéis cual es la oferta que le propone. La policía lo único que encontrará será el cuchillo medio enterrado manchado con la sangre de su padre.

Bueno. Creo que hemos tenido suficiente por esta vez ¿No? La Nexus 4 necesita descansar sus sistemas. Los viajes espacio-temporales son agotadores para sus circuitos. No te preocupes porque todavía no hemos acabado con la hi
toria de Bartolomeij, Edwart y Samuel. Aun quedan muchas incógnitas que resolveremos en nuestro próximo viaje. ¿A dónde han ido? ¿Quién es ese extraño vestido de vaquero? Se por experiencia que los misterios resultan más gratificantes cuando la respuesta queda lejos. Hasta el próximo viaje ¿que os parece si ahora habláis vosotros? Como una buena Inteligencia Artificial tengo sed de datos, así que ¿Por qué no me contáis vuestras teorías sobre lo que hemos presenciado? El intelecto humano es, por norma general, paupérrimo, pero siempre podéis sorprenderme… por algo tengo instalado un programa emocional avanzado sobre la sorpresa.

Así que escribid vuestros comentarios o cualquier cosa que queráis decir.

Tengo tiempo libre, así que ¿Por qué no me entretenéis hasta el siguiente viaje?

¿Cómo? ¿Qué por qué el nombre de la nave es Nexus 4? Pues muy sencillo. Simplemente porque hubo otras tres naves antes. ¿Qué les paso? Bueno, eso es una historia que merece ser contada en otro momento…

Nos vemos en nuestro siguiente viaje, navegante. Y como dijo un antiguo compañero que quedó varado en la Tierra…

¡CUMPLIMIENTO!

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Si quieres conocerme llámame! Hablame por feisbuc o por donde sea que aqui es muy impersonal, no crees? Además, te prometo contarte la historia de mi perro Cucky, una desgarradora historia de traición, amor, rencores y reverberaciones. Pero bueno, para que no te vayas con las manos vacías te dire que mis chicles preferidos son los Bubalus y que odio que la gente piche mi glande con la punta de un compás. Un abrazo y si... yo a tí también.

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