Feliz año nuevo

Feliz año nuevo

Escrito por Paco el 7 septiembre, 2013

Paco

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FELIZ AÑO NUEVO

Es el 31 de diciembre del año 2012, a escasos minutos de la media noche, a escasos minutos de entrar en año nuevo… a escasos minutos de que el mundo, tal y como lo conocemos, deje de existir. Un suave viento gélido serpentea sensualmente por la ciudad de La Milla, pero eso no parece amedrentar a los eufóricos ciudadanos que salen a las calles a celebrar los últimos instantes del año. Os encontráis en la azotea del lujoso Hotel Olimpo, que ha organizado una espectacular fiesta que pretende marcar un antes y un después en los recuerdos de todos los asistentes. No se ha escatimado en nada. La música parece extenderse hasta el mismísimo cielo, el alcohol fluye como un rio desbocado entre la gente y sustancias menos legales también se han hecho un pequeño hueco en esta orgía de desenfreno y locura. Lo único que se le puede decir a los organizadores del Hotel Olimpo es que no hacía falta aquel despliegue de medios para conseguir su objetivo, ya que aquella noche quedará en el recuerdo de todos los asistentes, y no por la música ni por la bebida.

Por todo esto, es normal que nadie repare ni dedique dos miradas seguidas a la persona que hay sentada en una de las esquinas de la azotea, ni mucho menos a la venda que cubre su antebrazo derecho. Todo el que pasa fugazmente su mirada sobre él piensa que es un borracho de bajón que se ha sentado porque ya no puede mantenerse en pie. Así que cuando vomita, las pocas personas que se percatan de ello solo reaccionan riéndose y haciendo gestos de asco. Sin embargo, nadie repara que lo que ha vomitado es sangre.

Quizás en estos momentos, en los que la devastación masiva estaba pendiente de un hilo, todo podía haberse evitado. Las ciudades con más riesgo podían haberse aislado y la epidemia podía haberse controlado antes de convertirse en pandemia. Pero esta en la naturaleza del ser humano el darse cuenta de los problemas cuando ya está hundido en la mierda hasta la cintura.

De esta manera, esta ceguera ante los hechos detonantes se produjo por toda La Milla. Nadie le dio importancia a aquel hombre que vomitaba en el último vagón del metro, a aquellas personas que forcejeaban en la esquina de algún bar, esa mujer que gritaba pidiendo auxilio o a aquella pareja que parecía que solo se estaba besando. Ni siquiera los extraños asesinatos que se habían cometiendo durante estos últimos días consiguieron arrancar a la ocupada población de sus preocupaciones cotidianas.

Acompañadas con un sonoro bullicio, comenzaron a darse las campanadas. Todo el mundo estallaba en gritos de júbilo mientras vaciaban sus copas en sus gargantas. Todos estaban demasiado ocupados viendo la enorme tele de plasma donde se anunciaban las campanadas para ver que aquel hombre de la esquina se había levantado. Los gritos de sorpresa y horror de la primera persona a la que desgarró la garganta de un bocado quedaron eclipsados ante las atronadores voces de la tercera campanada. Los frenéticos empujones de los testigos que intentaban alejarse de un hombre envuelto en sangre que se había abalanzado sobre otra persona y le había arrancado media cara con sus propios dientes, no levantaron el más mínimo interés de todos aquellos que saltaban y vociferaban en la octava campanada. Finalmente, después de la duodécima campanada toda la ciudad estalló en una salvaje ola de enajenación que se tragó los gritos de horror de aquellos que presenciaron cómo la primera mujer de la garganta desgarrada se levantaba pesadamente mientras la herida de su cuello no dejaba de emanar borbotones de sangre de forma intermitente, para acto seguido, abalanzarse sobre los catatónicos testigos.

Fue entonces cuando comenzaron a lanzar los fuegos artificiales. Por toda la ciudad montones de cohetes comenzaron a elevarse en el cielo hasta estallar en cientos de explosiones de color. En el Hotel Olimpo la preocupación por la calidad del festejo había hecho que se contara con fuegos artificiales propios, así que segundos después de comenzar el año 2013, el encargado comenzó a lanzar una amalgama de cohetes que hizo que todos los de la fiesta (excepto los que estaban muertos, los que trataban de correr y aquellos que hacían las dos cosas a la vez) mirarán hacía arriba fascinados. Por ese entonces ya había un grupo reducido de personas que trataban de salir desesperadamente de la azotea, pero el cúmulo de gente que aún ignoraba lo que estaba pasando hacía imposible escapar.

La gente saltaba, bailaba y gritaba sin ser consciente de que estaban pisando a personas que se desangraba en el suelo. Una chica cuyas pupilas estaban enormemente dilatas por un más que abundante consumo de cocaína, salto con frenesí cuando un enorme cohete llenaba el cielo de un fulgor verde. Al caer su tacón de quince centímetros se incrustó grotescamente en el ojo de un hombre que se aferraba el cuello después de que le arrancaran la nuez de un bocado. La chica se torció el tobillo y cayo al suelo con una mueca de dolor, pero su expresión se congeló cuando contempló lo que había ocasionado su caída.

La música comenzó a sonar de nuevo de manera estruendorosa y la gente comenzó a bailar alocadamente mientras desde el ático se lanzaban nuevos fuegos artificiales. Nadie oía los gritos de horror y dolor, igual que nadie era consciente de que veinte pisos más abajo, en la calle, un autobús había irrumpido salvajemente en una plaza abarrotada de gente hasta estrellarse contra la fachada de un centro comercial, arrollando a más de veinte personas. Esa noche el mundo estaba demasiado ocupado celebrando el año nuevo como para percatarse que se había iniciado el infierno.

Entonces mientras la gente bebía, se drogaba y se besaban al son de una atronadora música tecno, la mujer a la que le habían arrancado la garganta de cuajo se lanzó hacía la plataforma donde se encontraba el encargado de los fuegos artificiales. El hombre no vio a la figura empapada en sangre que se acercaba detrás suya, así que volvió a encender unas cuantas mechas. En ese momento la chica se abalanzó contra el encargado provocando que uno de los cohetes se cayera de su soporte. Mientras la mujer le arrancaba el labio inferior de una dentellada, el cohete salió despedido con un fuerte silbido hacía la multitud, explotando en medio de la muchedumbre.

Hubo un instante de incómodo silencio sepultado en una brillante luz rosa antes de que el hedor a carne quemada y los gritos de agonía anegaran el ático. Una lluvia de restos humanos calcinados procedentes de las personas a las que el impacto había golpeado de lleno, se precipitó sobre los que se encontraban alrededor, al tiempo que la ropa de varios asistentes comenzó a arder debido al mar de chispas que la explosión había creado. Entonces fue cuando la gente comenzó a reaccionar. Todo el frenesí y la diversión se transformó en un segundo en una orgía de pánico. En solo un momento se desató el caos.

La gente comenzó a gritar y a correr sin ninguna dirección. Algunos se acercaron a aquellos que estaban ardiendo para intentar apagar el fuego. Sin embargo, los que vieron el suceso se quedaron pasmados cuando una de las figuras envuelta en llamas (que era nada más y nada menos que el tipo que había iniciado toda esta locura) se abalanzó sobre el hombre que trataba de ayudar y comenzó a atacarle.

La música cesó de repente y entonces la noche se convirtió en un dantesco coro de gritos de horror. Por primera vez, gran parte de la muchedumbre se dio cuenta que varias personas estaban atacando de forma salvaje a otras. Dejándose llevar por el pánico, la aterrada muchedumbre corrió hacía los extremos de la azotea. La figura envuelta en llamas se acercó tambaleante al gentío provocando que este se apretujara contra las vallas de seguridad que rodeaban los bordes de la azotea. Al cabo de unos segundos, el peso acumulado fue tan grande que las vallas cedieron con un fuerte crujido. Más de una docena de personas cayeron al vacío destrozándose contra el suelo.

La multitud se alejó como pudo de aquel lugar y corrió caótica y desordenadamente hacía la única salida de la azotea, derribando a personas y pasando por encima de los que habían caído. La avalancha humana arremetió contra la puerta de entrada al Hotel Olimpo de una forma tan salvaje e irracional que no tardó en formarse un enorme tapón que impedía a la mayoría abandonar el lugar.

En ese momento ya había seis personas que se habían levantado del suelo con grotescas e imposibles heridas y parecían haberse vuelto locos, atacando indiscriminadamente a cualquiera. Eso sin contar a nuestro amigo que seguía envuelto en llamas, que había dado rienda suelta a aquella abominación y que en ese momento se encontraba devorando el pie de un infeliz que trataba de escapar, sin ser consciente que sus ropas ya habían comenzado a arder.

Un hombre de seguridad grande y fornido, vestido completamente de negro, se acercó a un joven que mostraba un enorme desgarro en la cabeza que hacía visible una pequeña porción de su cráneo fracturado. Cuando se encontraba a unos cuatro metros, sacó un revolver de su cinturón y sin mediar palabra disparó dos veces contra aquel muchacho. El chico retrocedió unos pasos antes de caer de espaldas. Sin embargo, al instante comenzó a levantarse de nuevo y se lanzó hacía el segurata que horrorizado y sorprendido a partes iguales, solo pudo disparar una vez más antes de que el chico se le echara encima.

Mientras todo esto ocurría en la azotea del Hotel Olimpo, unos acontecimientos no muy diferentes se sucedían por toda la ciudad. Matanzas indiscriminadas se daban lugar en las abarrotadas calles de La Milla. Desgraciadamente, muchas de ellas encubiertas por el festejo del momento. La policía, que durante los últimos días había estado recibiendo varias llamadas sobre casos salvajes de violencia, asesinatos y canibalismo, se vio desbordada en a víspera de año nuevo. Lo más triste y lo peor de todo es que el mundo y la mayoría de la gente de La Milla siguió ignorante a los hechos hasta que una docena de personas rompían los cristales de sus casas y les sacaba las tripas por el culo.

Varias personas consiguieron salir de la azotea del Hotel Olimpo, pero por cada una que salia, tres eran masacradas (eso sin contar a la gente que murió aplastada y pisoteada). Pero lo peor fue que nadie, absolutamente nadie, le dio el feliz año nuevo al apocalipsis.

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Si quieres conocerme llámame! Hablame por feisbuc o por donde sea que aqui es muy impersonal, no crees? Además, te prometo contarte la historia de mi perro Cucky, una desgarradora historia de traición, amor, rencores y reverberaciones. Pero bueno, para que no te vayas con las manos vacías te dire que mis chicles preferidos son los Bubalus y que odio que la gente piche mi glande con la punta de un compás. Un abrazo y si... yo a tí también.

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