El pasillo

El pasillo

Escrito por Paco el 2 septiembre, 2013

Paco

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     La anciana vestida de negro caminaba lentamente empujando trabajosamente el carrito de compras repleto hasta arriba a través del pasillo de alimentación. Pesada y costosamente avanzaba dejando escapar extrañas palabras sin sentido que salían en tenues susurros que ni ella misma era consciente de emitir. La pobre mujer no mediría mas de un metro y medio y estaba encorvada como un anzuelo que había pasado ya sus mejores días. Alguien con un poco de imaginación habría pensado que aquella abuelita se parecía a un escarabajo empujando una enorme bola de excrementos. La imagen era como poco graciosa, así que varios productos tuvieron que hacer grandes esfuerzos para no reírse. Finalmente en un proceso que pareció eterno, la anciana consiguió recorrer todo el pasillo y desapareció. Casi al instante una lata de melocotón en almíbar de la estantería izquierda rompió en estridentes carcajadas.

          – ¿La habéis visto?- Logró decir entre risas.- ¡Parecía una hormiga tratando de cargar con una bellota!

     Varias carcajadas brotaron de diversos productos de la estantería izquierda cortados repentinamente por un resoplido de silencio proveniente de la estantería derecha.

– ¡Espero que su casa  no esté cuesta arriba porque sino esa abuela lo va a pasar fatal!

     La lata de melocotón en almíbar estalló en vehementes carcajadas al tiempo que otros productos de la misma estantería, que intentaban desesperadamente aguantar la risa, hicieron lo mismo.

– ¡Por Dios!- Exclamó indignada una botella de Fairy situada en la estantería derecha.- ¡Queréis callaros de una vez!

– ¡Ei, yo no tengo culpa de que el carro no se ofreciera para llevar a la abuela!

     De nuevo multitud de carcajadas salieron despedidas de la estantería izquierda.

– ¡Sí, es extraño que los carros no se ofrecieran por sí solos a llevar las cosas sin que nadie los tuviera que empujar!- Graznó una caja Avecrem colocada dos estantes por debajo de la lata de melocotón.

     Una bayeta de cocina situada al lado de la botella de Fairy no pudo aguantarlo más y dejó escapar una ronca risotada. La botella de Fairy se giró ofendida hacia la bayeta y la miró incrédulamente.
          – ¡Será posible! ¡Que somos de la estantería derecha! ¡No somos como los mentecados de la estantería izquierda! ¡Aquí no nos reímos de nadie!
          – Es que me ha hecho gracia lo de los carros. Es que son tan perros…
          – ¡Di que sí chica!- Vociferó un paquete de atún de la estantería izquierda.- ¡Vente con nosotros! ¡Allí son todos unos aburridos y unos pelmazos!
     Varios productos de la estantería izquierda comenzaron a apoyar el comentario de la lata de atún con estrepitosas voces y afirmaciones.

          – ¡Mira que ya me estáis tocando las pelotas!- estalló un bote de Vitro Clen en la estantería derecha.- ¡Siempre estáis igual macho! ¡Que si el tío que pasa es calvo, que si vaya con la gorda! ¿No podéis parar de hacer el imbécil coño?

– ¡Ven y dímelo aquí si tienes cojones!- Contestó furioso el paquete de atún adelantándose hasta el borde de la estantería.- ¡Putos productos de limpieza! ¡Os vais a enterar cuando cierre la tienda!

– ¡Uooooo! ¡Mira cómo tiemblo! ¡Los alimentos en conserva sois todos muy chulos de boquilla pero después no tenéis ni media hostia!

     Ambas estanterías se involucraron en una patética guerra de insultos y amenazas a la cual más salvaje y absurda. Un cartón de manzanilla arrancó la pegatina de precio que tenia en el culo, lo hizo un guiñapo y la arrojó con toda su fuerza hacia la estantería derecha. El lanzamiento fue tan patético que ni siquiera llegó a salir del estante en el que se encontraba, lo que hizo que los productos de limpieza estallaran en desprorcionadas carcajadas. De repente, un barreño situado en uno de los extremos hizo un estridente amago de silencio y alzó su profunda y gutural voz.
          – ¡A callarse todo el mundo! ¡Viene alguien!

     Ambas estanterías quedaron instantáneamente en el más absoluto silencio. A los pocos segundos, un chico de unos doce años apareció entre ambas estanterías. Llevaba un chándal demasiado sucio como para no venir de un partido de fútbol o de cualquier otro deporte que implicara revolcarse, y una gorra roja puesta del revés. Con un extraño movimiento de lado a lado, el muchacho avanzó por el pasillo y se detuvo delante de un montón de frascos de pepinillos. Durante un tiempo se quedó mirándolos hasta que finalmente cogió un tarro con una tapadera roja. Observó a través del cristal a los pequeños pepinillos que buceaban en el aceite y tras unos segundos lo volvió a colocar sobre la estantería. Sin embargo, ya había apartado la vista y no se dio cuenta de que había dejado más de medio tarro fuera del estante. El botecito de cristal hizo varios malabares hasta que finalmente calló y se hizo añicos esturreando todo el aceite y los pepinillos sobre el suelo.

El chico dio un respingo cuando oyó el vidrio romperse y miró rápidamente hacia ambas direcciones. Al ser consciente de que nadie lo había visto comenzó a caminar apresuradamente hacia el otro lado del pasillo con las manos metidas en los bolsillos. Nada más desaparecer estruendosas carcajadas comenzaron a brotar de los productos de la estantería derecha. Risas dementes y exageradas de los más jóvenes mezcladas con roncas carcajadas procedentes de los productos más viejos.  El bote de Vitro Clen reía tan salvajemente que cayó hacia atrás y quedó tumbado sobre la estantería mientras se desternillaba.

          – ¡Por Dios, es la muerte más patética que he visto en toda mi vida!- Logró decir una botella de lejía entre agudas carcajadas.- ¿Habéis visto la cara que ha puesto mientras trataba de no perder el equilibrio? ¿La habéis visto?
          – ¡¿Cómo podéis tener tan mala sangre?!- Vociferó un bote de tomate frito mientras se asomaba por el borde del estante para ver los restos del tarro de pepinillos.- ¡¿Es que no tenéis corazón?! ¡Le faltaban tres días para caducarse!
El bote de Fairy se acercó furioso hasta la parte delantera del estante y levantó el dedo corazón a la estantería de la derecha.
          – ¡Que os den por culo! ¡Bien que os reísteis vosotros cuando aquel niño se cayó sobre aquel paquete de detergente la semana pasada y lo hizo polvo! ¡Decírselo detergentes! ¡No os quedéis callados como siempre!
     En la última fila los tambores de detergente intercambiaron miradas y finalmente una gran caja de Colon se acerco hasta primera fila.
          – Nosotros no queremos formar parte de vuestros estúpidos juegos soeces.- Expuso el detergente con el distinguido acento inglés común a todos los detergentes.- Si ustedes quieren perder el tiempo peleando por esas vulgaridades, es cosa suya. A nosotros nos parece una falta de educación y una prueba más de que los detergentes deberíamos estar en un sitio más refinado.
          – ¡Que os den mucho por culo pijos escupepolvos!- Gritó el bote de melocotón en almíbar, lo que provocó una nueva erupción de carcajadas de la estantería izquierda y un aluvión de protestas por parte de la derecha.

     Mientras ambas se gritaban mutuamente, el dueño de la tienda (un hombre de cuarenta y tres años con un enorme bigote debajo de la nariz llamado José) comenzó a tapar los embutidos y a lavar los distintos cuchillos. Eran ya las nueve menos cinco de la noche y el último cliente hacía tiempo que ya se había ido.

– ¡Ya veréis cuando esté cerrado!- Amenazó una caja de estropajos metálicos.- ¡Os vamos a moler a palos! ¡Qué agusto me voy a quedar! ¡Qué agusto!

          – ¡Nosotros sí que nos vamos a quedar agusto cuando os arranquemos esas horribles etiquetas! ¡Me voy a limpiar el ojete con ellas! ¡¿Me oís?! ¡Bien limpio!

     José apagó las luces y salio de la tienda. Había sido un día largo y agotador. Lo que más deseaba en este mundo era llegar a su casa, tomar una buena cena que le había preparado su mujer y acostarse hasta que sonara de nuevo el despertador. El día siguiente era sábado, así que sólo le quedaba un día más antes de acabar la semana.

Cogió la persiana metálica, la bajó hasta abajo y puso el candado. Sólo un día más antes de poder descansar como Dios manda.- Pensó mientras se alejaba de la tienda.

Sólo un día más.

A las siete y media de la mañana de lo que prometía ser un abrasador sábado, José comenzó a subir la persiana metálica de su tienda sin todavía haber salido del todo del mundo de los sueños. Había dormido como un bebé, pero el despertador se le había incrustado en el cerebro de tal manera que le había dejado una resaca mental para el resto del día. Abrió la puesta del establecimiento y de repente toda la somnolencia desapareció de repente.

Lo primero que sintió fue el olor.

Entró lentamente en la tienda y contempló horrorizado la escena. El interior del establecimiento parecía haber sufrido un terremoto de una magnitud considerable. Todo estaba esparcido por el suelo. Los tarros de cristal rotos, los detergentes volcados, los envases de cientos de productos abiertos y desparramados por todas partes… incluso los carros estaban volcados y estrellados por doquier.

De repente se le ocurrió una terrible idea. Fue corriendo hacia la caja registradora y la abrió con toda la certeza de lo que iba a encontrar. Sin embargo se equivocaba. Todo el dinero perfectamente ordenado donde correspondía y no faltaba nada. Con un paso vacilante José caminó hacia el centro de la tienda y la contempló con incredulidad.

– Sólo un día más.- Se dijo a sí mismo.- Sólo un día más.

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Si quieres conocerme llámame! Hablame por feisbuc o por donde sea que aqui es muy impersonal, no crees? Además, te prometo contarte la historia de mi perro Cucky, una desgarradora historia de traición, amor, rencores y reverberaciones. Pero bueno, para que no te vayas con las manos vacías te dire que mis chicles preferidos son los Bubalus y que odio que la gente piche mi glande con la punta de un compás. Un abrazo y si... yo a tí también.

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