El hermano del autista

El hermano del autista

Escrito por Mr Ignominioso el 2 septiembre, 2013

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Me despierto desorientado, con las legañas pegadas, agarradas a mí como los murciélagos se enganchan en sus cuevas para poder comer y dormir sin caerse de boca. El día es raro. No hay ni sol ni nubes ni lunas en el cielo…casi me atrevería a decir que ni siquiera hay cielo. Me siento raro, es como si tuviera una resaca de opio y tetrotodoxina, como si el sombrerero de Alicia estuviera apretando fuertemente mientras está tomando medida a mi cabeza, la cual tiene 2 milímetros de diámetro…algo muy raro que no sé si describo con la profundidad que desean mis sentimientos, no sé si relato con objetividad y precisión los aspectos más superficiales de la situación, pero he de contarlo, he de comunicarlo al resto del mundo para que anden cautos y precavidos ante lo que presumo que ha ocurrido: anoche fue el fin del mundo, al menos aquí. No sé si hay supervivientes. Ni siquiera sé si yo estoy vivo.

Esta semana ha sido muy extraña, desde su inicio hace dos días. El primer día nos llegaba la noticia de su muerte. Había muerto él, el mesías, el hombre que tenía el poder y los recursos para sacarnos de esta represión occidental, de esta ocupación de nuestras tierras y de esta pobreza infinita que ellos nos regalaron. Recuerdo cuando lo ví. Solo fue una vez, cuando paseaba por los campos de entrenamiento que la organización tenía en la frontera con Phascistán. Si hubiera tenido oportunidad, hubiera sido yo el que lo hubiera matado, pero este odio, este rencor mío hacia ellos no hace menguar mi justo pensamiento de que lo supo hacer bien, que supo sembrar la incertidumbre y que nos dio esperanzas a todos de que, aunque sea de esa manera violenta y desmedida, otro mundo era posible.

Ayer en el psiquiátrico en el que trabajaba, estaban todos muy agitados por la noticia. Es curioso observar a los locos cuando están viendo el noticiario. Cada uno le da una interpretación que, no carente de alucinaciones y delirios, son verdades como puños, sobre todo en temas tan importantes como macroeconomía, ciencia o fútbol internacional.

Sin embargo, la noticia de ayer nadie la entendió. Ni la creyeron ni la olvidaron durante todo el día. El tema salía de vez en cuando en las conversaciones pero siempre evitando entrar a valorar las raíces del conflicto, descarrilando el tema en el momento preciso en el que cada uno iba a decir lo que realmente pensaba o sentía sobre esta situación política y social que nos azota. Quizá estos locos sean los más listos, ya que solo hablan de la información que se posee y sin posicionarse claramente. Ellos no estipulan nada, no celebran ni lloran la muerte de los otros. Ellos no tienen esperanza ni desidia ni gozo.

Yo creo que a lo que más temían, más que a las venganzas personales o a las represiones mundiales, a lo que más tienen miedo, en verdad, es a que nos cerraran la clínica. De hecho, yo también tenía miedo a que eso ocurriera. Me guste o no, este centro psiquiátrico donde trabajo y de donde saco el dinero para darle de comer a mi familia lo financia la organización clandestina Al Daeqa, ya que el hermano menor del hombre que supuestamente ha muerto, un autista sin reciprocidad ninguna ni lenguaje, estaba acá interno para recibir los servicios diarios del director del centro, el Doctor Ben Mohammed Saprut Alí.

Pese a toda la confusión y desasosiego, el día de ayer fue relativamente normal gracias a las dosis de medicación, que, en algunos casos, debieron de aumentarse en cantidad. Sin embargo, hoy todo es distinto. Hoy no hay cielo, ni montañas, no hay locos. La noche de ayer llegó antes de lo esperado y resolvió la incógnita del porqué todos los locos estaban tan nerviosos e inquietos durante todo el día. Como si fueran cualquier tipo de animal que, con su instinto, intuye el desastre natural venidero, los locos, hijos de la naturaleza y de la incomprensión social, sabían que algo ocurriría, que debían gastar y disfrutar toda la energía que tuvieran porque al día siguiente no estarían con nosotros…si es que nosotros fuimos capaces de sobrevivir.

En rededor de las ocho cuarenta de la noche, aparecieron tres coches negros de los que se bajaron 6 personas muy aprisa, todos hombres barbudos con turbante negro menos uno que lo tenía de color blanco nuclear. Entraron al centro sin mediar palabra con nadie y con pistolas en las manos, se dirigieron con decisión hacia la habitación número poesia, sacaron al silencioso huésped que allá habítaba y huyeron en sus coches con máxima velocidad y con la misma discreción con la que se había conocído durante su estancia al paciente que se llevaron.

%u200BA los diez minutos aparcaron, justo en el mismo sitio en el que lo habían hecho los coches negros, dos furgonetas más negras aún si cabe con los cristales tintados en negro y bajaron de los autos varios militares con armas dispuestos a comenzar una masacre en nombre de la autoritaria seguridad nacional y de la irrespetuosa ignorancia personal. Hicieron el mismo recorrido que los otros, pero la habitación poesia estaba vacía. Volvieron sobre sus pasos y se fueron dejándonos a todos con un miedo dentro del cuerpo como el que jamás yo había sentido, ni siquiera cuando vi en persona al hombre que decían en las noticias que había muerto.

Creía que esos militares, al no encontrar su objetivo, dispararían contra nosotros, nos aniquilarían porque sí, que serían como si así vengarán y sanarán la muerte de los suyos, como si fueran unos destructivos hijos gemelos de Atila, como cualquier equipo entrenado por Mourinho cuando juega contra el F.C. Barcelona, como si fueran los malditos comunistas soviéticos que mataron a mi abuelo en la guerra. Pero no fue así. En cuanto se fueron, todos salimos para ver cómo estaban los pacientes y para cerciorarnos de que no habían hecho ninguna de sus locuras ante la nueva situación estresante que todos habíamos vivido.

Después de recontar a los pacientes, tranquilizarlos y distraer su atención del acontecimiento, y poco antes de empezar a ponerles la cena, escuchamos la primera bomba que cayó en el patio. La segunda, recuerdo que cayó cerca de mí y que me caí. No sé qué ocurrió después, pero lo intuyo. Estoy desorientado. Me acabo de despertar, con las legañas como murciélagos. Y aquí no hay nada, no hay cielo, no hay montañas ni hay locos vivos.

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